Dejar de hacer (lo superfluo) para poder hacer (lo necesario)


Desde que retorné a las tareas clínicas en una consulta en Atención Primaria, una de mis preocupaciones, como habéis podido comprobar en anteriores entradas, es cómo atender la desbordada demanda clínico-asistencial 1) de forma adecuada, 2) sin dejarme atosigar por ella y 3) sin perder el norte. Entiéndase por «el norte» la atención clínica a los pacientes que más se podrían beneficiar de ella. Y todo ello 4) sin menoscabar la accesibilidad. La cuadratura del círculo, como bien apuntaba mi buen amigo Salvador Casado.

Josep Casajuana, uno de los pocos gerentes decentes de este país, juntó hace unos años precisamente las palabras que rondan por mi cabeza y las armó en forma de pregunta en un editorial de culto llamado «En busca de la eficiencia: dejar de hacer para poder hacer«:

Dado que tenemos un tiempo limitado, ¿lo estamos empleando para hacer cosas realmente efectivas y lo estamos utilizando de forma eficiente? O, dicho de un modo más operativo, de las actividades que estamos haciendo, ¿cuáles podríamos dejar de hacer para disponer de tiempo para hacer otras más efectivas y/o eficientes?

Tendemos a pensar que lo que más nos roba el tiempo para poder atender mejor a los que más necesidades en salud tienen es fundamentalmente el papeleo: los informes, los certificados, los justificantes, las recetas de larga duración y los partes de confirmación de las incapacidades temporales. En mi caso, alrededor de la mitad de la actividad en número de pacientes y un tercio en cuando a tiempo total de trabajo lo dedico a hacer papelitos que poco a poco espero sacar, en lo posible, de la consulta (¿lo conseguiré?).

Pero la cosa no se queda ahí. La atención a la demanda aguda banal es creciente, no descubro nada nuevo. Alrededor de un tercio de las consultas clínicas que diariamente realizo en buena lógica no debieran haber entrado nunca por la puerta. Lo que propone Casajuana es que lo asuma, al menos en parte, enfermería.

¿Utopía? En Gran Bretaña ni siquiera acuden al centro de salud: se va a la farmacia y santas pascuas. ¿Y en nuestro país? A la farmacia… casi mejor lo dejamos. A la enfermera: ¿porqué no? En Castelldefels, en un centro de salud que gestiona un consorcio participado por el Instituto Catalá de Salut y el ayuntamiento, enfermería asume un porcentaje alto de pacientes con patología aguda. Y parece que las listas de espera (la muerte de la AP) desaparecieron, sin mermar la calidad ni aumentar los costes

Ahora bien: ¿Querrán las nuevas enfermeras de familia y comunidad hacer esta labor? Por lo que se puede ver en su programa formativo, no están por la labor. ¿Será algo aceptado por la población, cuando culturalmente asociamos Enfermedad = Médico? ¿Y por los médicos: preferimos ver mocos antes que inmovilizados a domicilio?

Dejo para el final lo que más juego tiene. Es el momento de la autocrítica. Asumámoslo: gran parte de la demanda la generamos nosotros mismos. Tanto PAPPS, tanta «prevención hasta la extremaunción», tantos años tratando de «educar para la salud» (irónicamente, Josep propone que otorguemos al paciente ya el diplomado que le corresponde después de tanta horas de formación que ha recibido por parte de tantos y tantos profesionales sanitarios), etc. Hay que poner las cosas en su sitio: Los “controles”sistemáticos reiterados no aportan valor añadido al proceso de atención al paciente. Por favor, metámoslo en la cabeza (¡y hagamos razonar a nuestros pacientes, que no son, ni por asomo, tontos!):

No hace falta revisar los colesteroles un par de veces al año, ni tomarse la tensión todos los meses. Si el tiroides está bien, señora, quédese tranquila: no hace falta «vigilarlo» con cada estación. Hacer sucesivas radiografías a sus rodillas, viejo amigo, me temo que no van a evitar que les dejen de doler. Si el azúcar está controlada, y sobre todo, si no vamos a modificar la pauta porque ni usted ni yo estamos por la labor ni es necesario hacerlo, !deje de pincharse los dedos cada día 3 veces, que se va a hacer un callo en la yema del dedo! No por mucho madrugar amanece más temprano, dice el refrán, ¿no? Pues no por mucho controlarnos moriremos ni más tiempo ni más felices

Ya acabamos. Josep propone también trabajar con enfermería a los pacientes crónicos (ahí sí que es indiscutible que su aporte podría ser fundamental). Y descolgar el teléfono: para seguir a los pacientes tras el alta hospitalaria, para ver si el tratamiento prescrito va bien, para programar una cita, para notificar los resultados de una analítica (¡sí, como no, hay análisis que sí que hay que hacer, como no!), para interesarse por los controles domiciliarios, etc. Los más avispados ya habrán pensado que la continuación tecnológica de esta idea es la telemonitorización y todas esas cosas de la era 2.0. Pero eso, mejor, lo dejamos para otro día…

Y a lo dicho por Casajuana yo añado: Utilizar el pie. Para caminar. Para ir a los domicilios. Para ir a la farmacia y coordinarnos con la farmacéutica. Y para ir a los bares (la medicina se hace también en los bares, ¡no lo olvidemos!). También nosotros necesitamos sintetizar vitamina D.


Necesitamos una medicina menos loca


«Llamémosla Adela» irrumpe en la consulta mientras hago las recetas de larga duración, un cuarto de hora antes de comenzar la consulta.

«Vengo desplazada. Necesito unas recetas y no me dan cita. Y las necesito ahora».

Me planta un informe encima de la mesa. Se trata de una enfermedad neurológica no grave, pero sí muy discapacitante.

«Como podrá ver, necesito toda esta medicación, y para un mes», dice en tono irritado, alzando la voz.

«Está bien, entiendo la situación, pero ahora estoy ocupado. Tengo todas estas recetas por hacer de un montón de gente que las está esperando también fuera, y además tengo el listado de consulta lleno hoy. Se las puedo hacer, pero no ahora, sino cuando tenga un hueco, y luego se las dejo en el mostrador, si a usted le parece bien».

«¡Pero es que las necesito! ¡No ve cómo tiemblo de la enfermedad! ¡No me quedan pastillas y me voy a poner peor!».

«Sí, claro. Dígame: ¿esa enfermedad le hace también gritarme como me está gritando?»

«Sí, por supuesto, ¿es que no sabe qué es la enfermedad que pone la neurológa en el informe?».

No pasa nada. Se las hago. No estoy muy de acuerdo con la pauta del neurólogo, ni con los modales de la paciente, pero las hago.

Sigo con la consulta. 40 citados (demanda clínica y administrativa), y una urgencia a domicilio. A última hora «llamémosla Adela» de nuevo entra en la consulta.

«¡Se ha equivocado usted! No me ha hecho rizotril y me faltan 5 de bootropil».

Reviso la medicación. Efectivamente, lleva razón. Enmiendo el error, no sin antes pelearme con una impresora que se vuelve loca y saca recetas en todos los formatos posibles menos el que le pido.

Miro a los ojos de la paciente. Ya no tengo prisa, la consulta había acabado. Comienzo a escuchar. Me cuenta toda la historia, desde pequeña. Historia repleta de visitas a médicos, de consulta en consulta, de resonancias y tacs, de diagnósticos erráticos, de pautas farmacológicas más erráticas aún, de nuevos casos iguales en la familia, todas en niñas pequeñas, todas de lo mismo, todas cada vez a peor, hasta que consiguen dar con la tecla, a base de pastillazos.

«Y usted no se lo creerá, pero desde que estoy con esta pauta de tratamiento estoy mucho mejor. Puede que usted no crea en lo que me tienen mandado, pero puede usted preguntar a la enfermera, que me conoce desde hace 20 años, cómo era yo antes y cómo estoy ahora.»

Y sigue. «Y puede usted tirar a la papelera este papel -dice rompiendo en varios trozos un documento-. Era una reclamación contra usted. Pero ya no hace falta.»

Mientras miro al reloj y a la puerta, inquieto, llamémosla Adela se despide de mí:

«Bueno, ya me voy, que usted y yo tenemos cosas que hacer. Y no se preocupe, que ya sé que todos los médicos creen que soy una histérica.»

Al llegar a casa, al recordar a «llamémosla Adela», se me viene a la cabeza este magnífico artículo. Sí, es cierto. No hay pacientes difíciles, ni médicos difíciles, ni encuentros difíciles. La medicina entera, tal y como la concebimos ahora, es difícil. Casi imposible. Necesitamos una medicina menos perturbadora. Todos. Pacientes y médicos. Aunque sea sólo para no volvernos locos.

«A smile is always beautiful«, de Joaquin Villaverde.


La accesibilidad de la Atención Primaria y sus trampas


No puede haber listas de espera para la consulta del médico de familia. Los servicios de Atención Primaria deben ser accesibles. Las listas de espera representan la muerte de la AP

No puedo estar más de acuerdo con estas palabras de Luis Palomo, vertidas en la presentación hoy en Cáceres del libro «Expectativas y realidades de la Atención Primaria española«. La accesibilidad es un logro y un valor esencial de la AP, que nos diferencia del hospital.

Sí… pero.

Matices, aristas y trampas, muchas trampas, como bien recordaba también Luis.

En un contexto social donde la salud es un objeto de consumo, nos vemos prisioneros de la atención a la demanda clínica.

La tiranía de la atención aguda.

Sea o no justificada, sea o no prioritaria, sea o no una cuestión clínica o sanitaria, lo cierto es que está ahí, todos los días, en la sala de espera de la consulta.

Es la atención de quien demanda, de quien pide.

«Quien no llora no mama», reza el dicho popular.

La demanda asistencial es como un gas, que se expande hasta el infinito, ocupando todo el recipiente que lo contiene. Si dedicas una hora a la atención de la demanda, se llena; si dedicas 5, también; si son 10 igualmente se llena la consulta.

Es un derecho, una prestación social amparada por la OMS, la constitución, la ley, el estado, la gerencia.

Adminístrala como quieras: la demanda la tienes que atender, y si es posible en el día.

Es tu obligación, es tu deber.

Pero la puerta de entrada al sistema sanitario dejó de ser una puerta. Ahora es un túnel por el que entra, literalmente, de todo.

Esas son las reglas del juego.

¿Y si la accesibilidad fuera otra cosa? ¿Tienen todas las personas las mismas posibilidades de recibir asistencia sanitaria? ¿Somos tan universales como creemos? ¿Hay alguien que no acceda al sistema sanitario? ¿Quiénes son los que más necesidades tienes? ¿A qué tipo de personas servimos? ¿Es esto una sanidad equitativa?

Existen trabas a la accesibilidad. Trabas que aumentan los sistemas de citación telefónica atendidas por teleoperadoras, trabas para solicitar asistencia a través de internet para gente que no sabe ni lo que es un ordenador, trabas para la gente que llama una y otra vez para coger cita y el teléfono grita sin que nadie lo escuche, gente cuyos horarios de trabajo no son compatibles con los de consulta, gente que no tiene tarjeta sanitaria, que no tiene papeles, que no es ciudadana, gente que no puede desplazarse para ir al centro, gente que no quiere molestar al médico… Ciudadanos como usted y como yo.

Existen necesidades de salud que no cubrimos. Entretenidos en la atención a la demanda clínica, desatendemos a la población que no demanda pero que sí necesita.

Luis dio con la clave: saber qué servicios son los que queremos y podemos ofertar. Y ofrecerlos. Y conjugarlos con la demanda. Sean o no los que el sistema sanitario incluye en su cartera de servicios. Pero no perder el norte, ante todo tenerlo claro: qué somos, qué queremos, qué podemos hacer y qué estamos dispuestos a hacer. O como lo que el maestro J. Gérvas nos recuerda:

Definir qué servicios estamos dispuestos a ofrecer los médicos generales/de familia, dónde cuándo, qué recursos necesitamos, qué resolución y calidad queremos ofrecer; sin este esfuerzo para concretar todo se queda en buenas intenciones.


La dama de negro


En los servicios de urgencias y puntos de atención sanitaria continuada es cosa habitual que, al atardecer, haya alguna consulta en la que una persona mayor acuda temeroso de que «se eche la noche encima».

En realidad este miedo atávico a la oscuridad, presagio de malos augurios, lo que nos anuncia es la llegada de la dama de negro, que viene a por nosotros. Y es que la noche suele coger por sorpresa a muchos ancianos, solos o acompañados por una pareja ya poco válida, enfermos o simplemente viejitos, pero la mayoría siente el aliento de la muerte mucho antes de que ésta sobrevenga.

No me pregunten si es algo genético o cultural, si hay datos empíricos o no, pero todos asociamos a la noche con la muerte. Aunque también es de madrugada cuando suelen nacer los niños. Dulce paradoja.

(Foto extraída de Flickr: Calaca mexicana, de arantxamex)


¿Dudas clínicas?


La duda clínica es el punto de arranque del aprendizaje. El acicate que provoca la incomodidad de no saber algo es lo que te mueve a buscar una respuesta. Una vez aprehendida, la respuesta se incorpora al bagaje profesional, es tuya y está para ayudar a solucionar los problemas que los sucesivos pacientes nos plantean en el día a día.

Pero además de dudas clínicas puede haber otras muchas. Las que más las administrativas, sobre todo tal y como está la consulta llena de papeles. Otras son de cómo comportarnos, comunicarnos y de cómo responder a los retos éticos. Otras son de organización, de cómo orientar al paciente dentro del entramado de rutas y transiciones por el sistema sanitario. Y otras son meramente existenciales. Un médico debería tener muchas más dudas clínicas que de las demás. Por algo hemos estudiado un carrera tan larga y pesada: para seguir teniendo motivos para estudiar cada día. Pero a la hora de la verdad vemos que no siempre es así.

Al retomar mis tareas clínicas decidí volver a las viejas costumbres de residente: anotar las dudas que me asaltan por las mañanas para intentar por las tardes saciar las curiosidades. Éstas han sido las preguntas que he ido anotando:

  • ¿Cómo renovar una receta electrónica a un paciente que se le ha caducado?
  • ¿Cómo registrar en Jara (nuestro sistema informatizado de historia clínica) las derivaciones al hospital?
  • En una paciente sin medios de transporte y con problemas de movilidad en la que sospecho una diabetes no diagnosticada, ¿cómo evitarle un viaje de 40 minutos al hospital sin dejar de intentar buscar la manera de pescar el diagnóstico?
  • ¿A quién le tengo que pedir la receta de estupefacientes?
  • ¿Cómo comenzar un tratamiento anticogulante en un paciente con fibrilación auricular recientemente diagnosticado?
  • ¿Cómo conseguir un par de ampollas de cloruro mórfico para el maletín de urgencias domiciliarias?
  • ¿A quién le tengo que preguntar cómo conseguir otoscopio para la consulta?
  • ¿Qué tengo que hacer para que el inspector me vise un medicamento?
  • ¿Porqué en un cupo de 800 personas estoy teniendo una presión media en estos 14 días primeros de trabajo de 34,5 pacientes/día?
  • ¿Tengo que hacer los justificantes de asistencia a consulta a los niños en edad escolar por petición de los profesores o son los padres los que tienen que justificar la ausencia del niño al cole?
  • ¿Cómo pedir el oxígeno a domicilio?

Como véis, sí, hay dudas clínicas, pero muchas son administrativas, las que más. Y es que la carga burocrática y administrativa de la consulta es, sencillamente, brutal.


Salud pública en el siglo XXI


Un simple gesto como es lavarse la cara a dos manos llenas de agua potable y fresca es algo tan cotidiano que nos parece un derecho irrenunciable. Uno piensa que no disponer de agua corriente potable en las casas es algo imposible en un país desarrollado como el nuestro. Se espera que ésto sólo ocurra en países con problemas estructurales, como los del África subsahariana, o coyunturales, como ahora Pakistán tras las inundaciones.

¿Cómo se les quedaría el cuerpo si les digo que en una pedanía de Badajoz por los grifos de los hogares no corría agua potable hasta esta misma semana?

¿Quién, a estas alturas, piensa que ésto no es un problema de derechos fundamentales? ¿O de salud pública? ¿Quién cree que en nuestro país no existen las desigualdades, o que éstas no generan graves problemas? ¿Invertimos en AVEs por aquí y aeropuertos por allá o atendemos a las necesidades básicas de la población? ¿Importa más el ciudadano de clase media de una ciudad que el agricultor de una pedanía perdida entre los campos de Badajoz?


Micronarraciones clínicas como herramienta de reflexión


La angustia que genera el vivir se puede sublimar de muchas maneras. Un médico, por el hecho de que a lo largo de su vida laboral es testigo de muchas miserias humanas, debe necesariamente buscarse la manera de descargar tanta carga emocional. «Nos llevamos mucha mierda a casa», sentenciaba una colega con la que hablaba hace poco.

Esa mierda la podemos convertir en furia, pagarla con el paciente, y acabar declarando ante la guardia civil, como le ocurrió ayer a un «compañero» de un centro de salud (según me confesaba, aturdida, una enfermera). O podemos comérnosla, y acabar estreñidos. Se pueden hacer muchas cosas con esa mierda.

Tratar de ordenar esas vivencias, sacarlas fuera en forma de poema o en prosa, pintar, lavar repetidamente el coche o escribir en un blog pueden ser alternativas. La primera, en síntesis, es lo que se ha dado en llamar «narrativa clínica» o «medicina basada en la narrativa». Las revistas científicas españolas, por lo general, han obviado esta importante y necesaria forma creativa de expresión, pero otras de la talla del JAMA o BMJ no, y han publicado historias contadas por médicos o han analizado su valor.

(Foto: Metamorfosi, de pantxorama)

El problema es que las narraciones suelen ser largas, y en la sociedad actual prima la inmediatez. Ahora bien, de la inmediatez a la estupidez puede haber muy poco trecho. Basta fisgonear en twiter para darse cuenta de ello. Pero lo bueno breve mil veces bueno, decía mi profesor de historia al repasar en alto a la clase las evaluaciones de los exámenes de preguntas abiertas. Se puede hacer bien y breve. En 55 palabras, por ejemplo. Y si encima estas micronarraciones ayudan a sacar la mierda y a reflexionar sobre lo que somos, lo que esperan de nosotros y lo que estamos dispuestos a hacer, pues mejor que mejor.

Pruebas de ello tenemos en un reciente artículo de la revista Family Medicine, o en este otro más antiguo, o en este interesante blog. De uno de ellos extraigo un ejemplo de una microrelato del primer día de un estudiante de medicina (elaborado por una médico de familia que le gusta el tema de la narrativa clínica) en un hospital comarcal:

County hospital, first day. First year students. 106 degrees. No air conditioning. Six patients to a room. Man in bed #1 yelling, “Jesus hates doctors.” Students quaking. Sweltering. Interview patient. Two students, pale go down. Doctors = patients. Wheel chairs. Ice water. Cool towels. Orange juice. “Is becoming a doctor always this strenuous?” they ask.


Esta ronda la copago yo


La sostenibilidad del sistema sanitario, el gasto farmacéutico y el copago han sido términos que hasta ahora pertenecían al léxico de los gerentes y políticos sanitarios. También, aunque en menor grado, de los profesionales y trabajadores de la salud, por la cuenta que nos trae. Pero últimamente la crisis económica aprieta, y como hay que recortar de muchos lados la sanidad no iba a ser menos.

Mi suegro dice, acertadamente, que si la administración pública echa cuentas y entiende que puede ahorrar tantos millones de una partida presupuestaria concreta es que ese gasto era superfluo. Pero también lo son otros, como el excesivo gasto militar y las donaciones y subvenciones pública a la iglesia, aunque a estos poderes del estado no hay quien les meta mano ni en tiempos de crisis.

Por tanto, las palabras «sostenibilidad del sistema sanitario», «gasto farmacéutico» y «copago» están a la orden del día, sobre todo parece ser que ésta última. Porque implica a la sociedad en su conjunto, a todos y cada uno de nosotros. Prueba de ello es que no para de salir en los medios tradicionales de comunicación. Y que los columnistas no dejan de escribir sobre este tema. Ahora es la escritora Espido Freire, la que nos recuerda que antes todos nos resfriábamos y nadie parecía resentirse de ello, y que ahora las gripes, esas tonterías que hace unos años significaban cuatro días en cama, se perfilan terribles, se tiñen de muerte. Son sólo unos breves ejemplos de que la sociedad ha cambiado, que no toleramos la frustración o el dolor o la enfermedad, que no queremos tener responsabilidades (sobre todo en materia de salud y de educación, cuestiones que antes casi sólo eran del ámbito doméstico) y que nos creemos con derecho a todo y sin obligación de nada.

Siempre me acordaré de lo que Rafa Cofiño nos escribía en un correo: venía a decir que en una reunión de una asociación ciudadana una abuela decía que antes las cosas de la salud se apañaban en casa. Pero lo hacían no por gusto, sino porque no había más remedio, porque no había recursos ni accesibilidad a cuidados sanitarios. Ahora que sí los hay ella prefería llevar a sus nietos al pediatra, aunque supiera que no era nada grave, porque si alguien ha puesto a aquellos médicos y enfermeras en ese centro es porque eso es bueno, ¿no?

En este contexto, hablar del copago es como ser del Madrid o el Barça, o eres de uno o del otro, o estás a favor o en contra. Como si fuera tan simple la cosa… Copagos existen, incluso para cuestiones tan básicas como el agua, que siempre hubo que pagarla pero que cae del cielo y no es de nadie en concreto. Al mismo tiempo, tenemos una radio-televisión pública (RTVE) que es gratuita, y sin anuncios (que nadie duda que ha ganado sin anuncios), aún cuando lo pagamos en gran parte por los impuestos entre todos (bueno, entre todos los honestos que pagamos impuestos). Nadie parece echarse las manos a la cabeza ni por una cosa ni por otra.

Parece más claro implantar fórmulas de coparticipación, como se le llama eufemísticamente. Muchos compañeros sanitarios las piden a gritos desde las puertas de las urgencias, por ejemplo. Aunque sepamos que el ticket moderador se haya mostrado ineficaz para recaudar e incluso para controlar la demanda. Más fácil que verdaderamente reparar las fugas del sistema sanitario, más fácil que asumir que muchas veces somos nosotros los que utilizamos ineficientemente los recursos que la sociedad nos deja administrar.

Pero también más fácil introducir el copago que asumir que más sistema sanitario no es más salud. Que buscamos soluciones donde no sólo no las hay sino donde además solemos generar nuevos problemas aún. Que la sanidad no siempre da salud a los ciudadanos, ni calidad de vida. Que la vida se enriquece con vida. Que la felicidad no la dan ni los fármacos ni diluyendo responsabilidades ni dejando de afrontar con valentía los problemas que surgen.

Decimos que los políticos sólo saben poner parches. Y es cierto. Pero tampoco nosotros sabemos hacer otra cosa que buscar atajos.


El porqué del inmovilismo


Os propongo un ejercicio. Sobre todo para los que me conocéis, pero también para los que no. Es fácil. Pondré dos frases, aparentemente idénticas, una del original (Edgar Morin) y otra con una leve modificación marca de la casa.

Detectar la diferencia está chupao; saber cuál de las dos es la original es algo más complicado. Lo importante será descubrir el porqué me he tomado la licencia de modificar el texto. No hay premio, lo siento, pero no dejéis de intentar hacer el ejercicio. Puede haceros pensar.

No se puede reformar la institución sin haber reformado previamente las mentes, pero se pueden reformar las mentes si previamente no se han reformado las instituciones.

No se puede reformar la institución sin haber reformado previamente las mentes, pero no se pueden reformar las mentes si previamente no se han reformado las instituciones.


Intuir la muerte


Mucho se habla sobre la eutanasia, sobre si hay o no que alargar la vida o ayudar a alcanzar la muerte dignamente. Sin embargo, a veces el problema estriba un pasito antes: en saber o no si ha llegado el momento.

Esta tarde hablaba con un amigo. Me relataba la horrible muerte de un amigo suyo, con una enfermedad terminal, al que fue a visitar un médico de atención continuada que no lo conocía, y que lo mandó al hospital, donde le hicieron analíticas, TACs y radiografías para llegar a un diagnóstico que en nada se parece a la verdad (que no es otra que, simplemente, «se estaba muriendo»), le administaron fármacos para prolongar la agonía, le pusieron sueros para hinchar las células, le aplicaron bolsas de sangre que apenas su débil corazón lograba hacer correr.

Intuir la llegada de la muerte no es fácil. No es algo que se enseñe en la facultad, no es algo que se vea en tal o cual análisis, que se pueda detectar auscultando al paciente. Es algo que se siente. Algo que te da la experiencia, y sobre todo el observar y ser sensible a lo que rodea a la muerte. El problema es que no siempre somos conscientes de que el momento ha llegado. Mucho sufrimiento se podría ahorrar y mucho bien se podría hacer.

Y me paré a pensar la cantidad de gente que habrá pasado por mis manos y a los cuales habré hecho pasar por lo mismo que al amigo de mi amigo, sin saberlo. A todos ellos dedico esta entrada, y todo lo que hay detrás de ella. Gracias y perdón.