¿Medicamentos que sobran o análisis simplistas?


Es de esperar de los sistemas de información que generen información. Una perogrullada, lo sé. Pero es que no siempre esa información es debidamente analizada e interpretada, o bien luego se presentan sesgadamente de la manera que a uno le convenga mejor.

Cuando hablamos de recetas, lo habitual es que nos presenten datos de gasto, o del incesante crecimiento en el número de recetas que se realizan en los centros sanitarios de este país. Pero hoy, gracias a la automatización del proceso de prescripción que concede el sistema de receta electrónico catalán, hemos conocido un curioso dato: que el 20% de las recetas que se emiten no se recogen de la farmacia.

¿Porqué pasa ésto? A uno se le ocurren algunas explicaciones: que el medicamento prescrito no sea el que el paciente deseara, o que simplemente el paciente considere que no debía tomarlos, a pesar de la recomendación de su médico.

¿Sólo eso?

Según se aventura a explicar El Periódico:

Esto es así incluso cuando la obtención del fármaco recetado es totalmente gratuita porque el titular de la tarjeta sanitaria que motivó el acto médico es un jubilado.

De esto se podría desprender que tengas o no gratuidad en los medicamentos el fenómeno sigue siendo igual. ¿Seguro?

Un grupo de investigadores estadounidenses ha evaluado en un estudio de cohortes recientemente publicado en la revista Annals of Internal Medicine los factores que se asocian al hecho de no recoger de la farmacia (o incluso devolver una vez comprados) los medicamentos prescritos. Y he aquí algunas de las sorpresas (o no tanto) que han encontrado:

– Que los ancianos son los que menos riesgo tienen de abandonar las recetas (la razón de probabilidades era de sólo 0.55).

– Que las personas cuyos medicamentos son más caros, los que tienen menor poder adquisitivo y los que no tienen gratuita la receta suelen tener más riesgo de no retirar los medicamentos recetados.

– Que los medicamentos crónicos son los que menos se dejan de sacar de la farmacia.

– Que la receta electrónica aumenta el riesgo de abandono de las prescripciones (Odds Ratio de 1.6).

Por tanto, subyace a todo este fenómeno un componente estructural importante, de manera que el copago de los medicamentos y el poder adquisitivo de los pacientes es un factor determinante, y no sólo las expectativas del paciente o el grado de acuerdo entre médico y paciente. Y es que a veces el paciente no puede asumir el coste de los fármacos, sobre todo cuando son caros.

Sin embargo, en la reseña periodística sólo ven un motivo: que el paciente, por alguna razón, no pensaba tomárselos.

Y de ahí, el consejero de turno pasa al ataque: vivimos en una sociedad con una “cultura recetista”, en la que las consultas que no acaben con la emisión de al menos una receta están en peligro de extinción y la demanda de medicamentos es altísima. Hasta ahí puedo estar de acuerdo.

Pero a partir de ahí, pasan la pelota: “el médico ha de atreverse a recetar menos, y el enfermo ha de asumir que su doctor siempre sabe más medicina que él”.

La cuestión es mucho más compleja como para echarle la culpa a Internet o a la falta de confianza en el médico o a que éste tenga la pluma fácil.

No podemos seguir hablando de equidad si el nivel de renta no importa a la hora de recibir la prestación farmacéutica. No es éticamente sostenible que mientras que un desempleado activo debe que asumir el 40% del precio de sus tratamientos crónicos, todos los que superan los 65 años tienen gratuidad en los medicamentos aunque tengan planes de pensiones que superen en varias decenas de veces el sueldo de un ciudadano medio. O que los medicamentos de uso doméstico para dolencias menores también se financien de la misma manera que los medicamentos para enfermedades crónicas. O que todos los medicamentos que administrativamente tengan requisitos para ser comercializados deban ser financiados en el sistema nacional de salud independientemente de su utilidad o balance beneficios-riesgos-inconvenientes-costes.

Son mundos distintos, problemas diferentes. No podemos aplicar los mismos remedios a todos por igual. Ni meter a todos en el mismo saco. Ni achacar los problemas a los demás sin ni siquiera hacer un poco de autocrítica y asumir lo que, por lógica, debieran hacer por estar en el sitio donde están.


Alienación


Después de días como el de hoy, así veo mi trabajo a veces:

Así lo definiría Wikipedia:

La alienación o enajenación es el fenómeno de suprimir la personalidad, desposeer al individuo de su personalidad o deshacer la personalidad del individuo, controlando y anulando su libre albedrío, para hacer a la persona dependiente de lo dictado por otra persona u organización. El alienado permanece dentro de sí, ensimismado por su desorientación social.

Y así lo tocaría Piazzolla:

Menos mal que tenemos huecos por los que escapar…


Los yordis


¿Qué es un “yordi”, se preguntarán ustedes?

Antes de contestar, prevengo de que no debe leerse esta entrada en clave política ni nacionalista de ningún signo. Es sólo la descripción de una realidad solapada y callada, que se vive en muchos centros de salud de, sobre todo, Castilla La Mancha, Andalucía y Extremadura.

A partir de los años 50 y 60 del pasado siglo, muchas familias de estas comunidades autónomas se desplazaron a los polos industriales de nuestro país, atraídos por la oferta de empleo. Las áreas metropolitanas de Madrid, Barcelona y Bilbao eran las zonas preferentes. Se tratada de personas jóvenes, hábiles, con pobres recursos y escasa formación, que ejercían labores de poca capacitación, sobre todo manuales, en largas cadenas de montaje, alienados, en fábricas donde se dejaron su juventud. Aunque mejor era nada: la alternativa era la miseria de la España pobre que vivía del campo, que ni era suyo sino de los señoritos terratenientes.

Muchos de ellos, al jubilarse, han vuelto con los años a sus lugares de origen, pero sus hijos, como es lógico, no les acompañaron. Estos emigrantes ahora son ya muy mayores, están comiditos de achaques y la mayoría viven solos, con débiles redes sociales de apoyo. Para muchos de ellos, principalmente para los que no viven en residencias sociosanitarias, las visitas ocasionales del médico y la enfermera, además de las de alguna vecina, son de las pocas veces que tienen contacto con el exterior, porque suelen vivir solos, sin apenas familiares cercanos y con cierto desarraigo. Pero también por ese motivo solemos estar más pendientes de ellos.

En verano, semana santa y navidades suelen recibir las visitas de sus hijos. Los entrañables “yordis” (calificativo cariñoso procedente del nombre catalán Jordi). No debe ser fácil saber que tu trabajo te impide estar con tu ser querido, y de ahí que se deshagan en atenciones en esos días. De ahí que no tarden mucho en visitar al médico de familia, solicitando mil pruebas, varias volantes para el especialista y decenas de nuevos medicamentos para sus familiares.

“Está mucho peor ahora”. “Efectivamente, señora, su madre ha empeorado mucho en este último año. Lo he ido observando mes tras mes…”.

Dicen las malas lenguas que ese comportamiento es fruto de una espinita de la conciencia. Puede. Pero también creo que lo que denota es un cambio social brutal que se manifiesta dejando quasiabandonados a nuestros mayores cada vez más mayores y enfermos, ya sea en casa o en residencias cada vez más atestadas. También se puede observar ese cambio en unos centros de salud soportando una presión insostenible, intentando afrontar una demanda que en la mayoría de las ocasiones no es sanitaria. Pero el que sea un “fenómeno cultural y social” no exime de su responsabilidad a los familiares, por supuesto. Pero eso es otra manifestación ineludible de otro fenómeno: delegar funciones y responsabilidades en papá estado y sus empleados públicos, tan denostados últimamente.

[Foto: El anciano en su balancín, de evsmvf]


Incertidumbre


La irrupción de una enfermedad crónica episódica en la vida de una persona joven puede ser un mazazo horrible del que se tarda tiempo en recuperar. De repente reina la incertidumbre, que arrasa con todas las certezas del día a día que parecían inmutables.

No sé cuándo me volverá a suceder, ni cómo, ni si será igual o peor que la primera vez, o siquiera si volveré a ser el mismo. No quiero que lo sepan en el pueblo. Me resisto. No quiero que me traten diferente, ni quiero actuar yo diferente. Quiero que todo sea como si nada hubiera pasado. Ojalá pudiera parar el tiempo, o dejarlo pasar rápido, y que me dijeran que todo pasó, que como vino se fue, sin dejar rastro.

¿Y si me ven mis hijos enfermo? Y mis padres, con lo que llevan ellos pasado… ¿Y si me da conduciendo? ¿Cómo puedo evitar que me vuelva a pasar? ¿Qué he hecho mal? No debí haberle gritado el otro día a mi mujer, que hoy estoy aquí, pero mañana no se sabe.

Dentro de dos semanas voy al especialista. Me pidieron esta prueba, ¿usted qué cree que saldrá? ¿Me ingresarán? ¿Tiene operación? ¿Y no hay pastillas para ésto? ¿Tendré que dejar el trabajo? ¿Y qué voy a hacer ahora con mi tiempo libre, con “toda la vida por delante”?

Me da miedo dormirme. Mi mujer se pasa las horas despierta, en la cama, callada, observándome: ella cree que no me doy cuenta, pero yo sé que está pendiente de mi, que tiene miedo, aunque no me lo diga.

Pensamos mucho en la incertidumbre que tenemos que soportar los médicos. Pero la de los pacientes, déjate…

(Foto: uncertainty, por Banjo Brown)


365 días para soñar


 

 


Historias desde fuera de la cárcel (3): anécdotas varias


Tercera y última entrega de la serie “Historias desde fuera de la cárcel”.

Las emociones están a flor de piel en un lugar donde las personas están privadas de lo más elemental del humano que es la libertad. Por tanto, una estancia, aunque sea corta, en un lugar como la cárcel, que es un nido de anécdotas, da para muchas historias. Sólo citaré algunas de las más relevantes, para no aburrir a tan distinguidos lectores ;-).

Imaginaos la escena. Un preso que había formado parte de ETA como colaborador, que estaba separado de los demás miembros de la banda por separarse de sus principios y que perseguía acercarse a Euskadi, se pone de huelga de hambre y -recordamos, Agosto en Córdoba- ¡de sed! Cuando un recluso se pone en huelga de hambre se abre un protocolo. Hay que evaluar al preso todos los días, y hacerle un seguimiento estrecho. ¿A quién le tocó la papeleta? Pues sí, ¡a mí! Ya conocía al preso porque colaboraba con nosotros en la enfermería, por lo que tenía cierta confianza con él. Intenté convencerlo para que dejara la huelga. Me dijo que ni lo intentara. “Si lo que temes es por ti, no te preocupes, ya les digo a los de la banda que no te hagan nada, que no te amenacen, que tu no tienes nada que ver”. “¡Joder, te lo agradezco, un detalle!”, pensé. Pero en vez de eso, lo que dije, un poco hipócritamente, lo reconozco, fue “no, Juan, lo que me preocupa eres tu. Una huelga de hambre la podrías soportar muchas semanas, cierto, pero una de sed…”. “Algunos “compañeros” lo han hecho y aguantaron una semana”. “Pero no en Córdoba, ¡a 40ºC!”.

Me fui a casa un tanto, por decirlo suave, acongojado. Para más inri, al cabo de un rato me llaman al móvil. Estaba de guardia localizada, y pensaba que era una emergencia. Pero no: los del periódico Córdoba querían saber detalles del preso en huelga. Me negué: una cosa es pringarse más o menos en el trabajo siendo sustituto, y otra complicarse en exceso la vida con algo que nadie nunca te va a agradecer. “Tenemos derecho a informar”, me espetaron. “Y yo a no atender la prensa”, les contesté. Al día siguiente, el preso me comunicó que dejaba la huelga. Ni os imagináis lo contento y lo tranquilo que me quedé… A los pocos días los de instituciones penitenciarias le adelantaron que estudiarían su petición.

El resto de la semana de guardia pasó sin más sobresaltos, pero sólo de casualidad. Una mañana, a las 8 de la mañana, justo cuando comenzaba el trabajo presencial en la prisión, apareció un interno en parada respiratoria. El día de antes habían desaparecido algunas dosis de metadona. Afortunadamente, el preso fue cogido a tiempo, y por suerte no me tocó a mi atenderlo (no sé si lo hubiera hecho bien). Pronto supimos que se sospechaba de un colaborador del módulo de enfermería, el que se encargaba precisamente de repartir la metadona. Un día triste, sin duda. “En el talego no te puedes fiar ni de tu sombra”, me decían.

Pocas veces en mi vida he sufrido tantas amenazas juntas. Tres de ellas fueron de muerte. La que recuerdo con más nitidez fue proferida por un preso alto, con cicatrices en la cara, un armario de tío. A medio palmo de mi cara me prometió que nunca olvidaría mi cara y que ya ajustaríamos las cuentas allá fuera… Mantuve la mirada por pura dignidad, pero os juro que por poco no me orino patas abajo. Aunque nunca preguntaba a nadie porqué motivo estaban en el trullo, un funcionario se aprestó a enumerarme las causas de ese recluso. “No quiero saberlo, de veras, no me interesa”, pero ya era tarde. Tres asesinatos, un sin fin de agresiones y varios robos eran un buen curriculum delictivo, a decir verdad. ¿El motivo de la amenaza? No prescribirle unos tranquilizantes con los que, al parecer traficaba.

El caso que os comentaba antes de la sobredosis de metadona no era, al parecer, tan inusual. A veces la intoxicación o el daño no eran accidentales, sino con fines autolíticos. Tragarse unos cristales o cortarse las venas de la muñeca eran sólo excusas para salir de la cárcel a pasar unos días en el hospital: una especie de ilusión de libertad o una huída hacia adelante, nunca supe ni entendí del todo el porqué.

Tampoco es una leyenda urbana que se trafique dentro de una prisión. No sólo con metadona y ansiolíticos, sino con droga. La antigua cárcel de Córdoba estaba en medio de un barrio periférico de la ciudad, y lo único que separaba a los patios de la calle era un muro. Por tanto, no era infrecuente ver caer un paquete cargado de drogas. Inmediatamente se formaba entre los presos un caos con apariencia de improvisación pero que no engañaba a nadie: cada interno tenía un papel en toda esa comedia representada con la intención de hacer ver que nada había pasado. Aunque los funcionarios intentaran poner orden y averiguar lo sucedido nadie iba a cantar.

En una de esas debió haber un intento de robo de la mercancía por parte de uno de los internos, porque en seguida se formó una montonera en el que comenzaron a salir navajas y más de un pincho (el más largo si no tenía 40 cms de longitud no tenía ninguno). Hubo heridos leves que manaron poca sangre, por fortuna; otras veces no se andan con tantos miramientos ni desatinos. Con el poder y el dinero no se juega. Y menos en un lugar donde unos pocos señores de la guerra controlan y manipulan a su antojo todo lo que les rodea con tal de mantener un sórdido estatus de privilegiado en medio de tanta miseria humana.

(Nota: Agradezco a la Dra. Martín el haberme despertado las ganas de contar esta experiencia)

oto: Restos aún en pie de la fachada de la antigua prisión provincial de Córdoba, por dosymedio2009]


Historias desde fuera de la cárcel (2): las condiciones de trabajo


Segunda entrega de la serie “Historias desde fuera de la cárcel”.

Aunque tuve la suerte de que un amigo empezó el mes anterior la sustitución en la prisión provincial de Córdoba y que por ello ya iba sobre aviso, hubo ciertas cosas para las que no estaba prevenido. Como por ejemplo que no era preciso que llevara mi fonendo. “No hay médico sin fonendo” (médico asistencial, se entiende, los radiólogos y los documentalistas y los traumas, entre otros, están o parecen exentos de este principio básico), pensaba. Pero no, no era necesario llevarlo. Y no porque allí hubiera alguno que pudiera utilizar de prestado, sino porque “en este sitio esas cosas no se utilizan”. Tampoco había depresores ni linternas u otoscopios para ver gargantas y oídos. Pregunté por ellas y me contestaron que unos años antes había habido una linterna al fondo de la vitrina de la consulta del módulo de enfermería: allí estaba, cierto, pero oxidada y sin baterías. A decir verdad nada de todo eso me iba a servir para mucho. Luego vería el porqué.

Al poco rato me acompañaron a donde había que pasar consulta en el módulo 4. Un cajón revestido de ladrillo y de polvo de menos de 5 metros cuadrados, con una única silla y una mesa en la que apoyar el listado donde apuntar la actividad del día -nombre y motivo de consulta-. Ni camilla de exploración, ni luz de apoyo, ni silla para el paciente. En la pared desnuda un timbre con el que avisar a los funcionarios en caso de problema. Tu única conexión con el “mundo de la calle”. Un timbre que estuve tentado en más de una ocasión de hacer sonar, por si de verdad funcionaba (nunca se sabe….). De no ser porque lo lógico es que en un contexto de alta tensión permanente una falsa alarma intencionalmente provocada no sería nada bienvenida.

Una vez conocido el terreno, nos salimos del módulo. Sonó el timbre, y los presos comenzaron a salir de sus celdas y a distribuirse por el patio. En uno de los soportales del mismo se comenzó a formar una larga cola. La del médico. Esperaba la señal del funcionario mientras era testigo del paisaje cambiante. Ya. Abrieron la verja a través de la cual accedí al pasillo para dirigirme a “la consulta”. Sentí un escalofrío al escuchar como ésta se cerraba justo después de traspasarla y ver que a mi sombra no la acompañaba ninguna otra. Comencé suspirando. ¿Qué te pasa? Me duele la garganta. ¿Fiebre? No. Pues nada, luego pasas por la farmacia y que te den ésto. Y así hasta 20-30 por módulo.

Lo peor era cuando te pedían algo para dormir. Estaba advertido: algunos traficaban con ansiolíticos (y con metadona, y con coca y con caballo). Era mejor mandar placebón forte para dormir (uno de esos complejos vitamínicos de la farmacia de defensa, los mismos que, dicen los que la hicieron la mili, andaban por los botiquines de los cuarteles). Había que valorar muy bien a quién suministrar hipnóticos o benzodiacepinas. Y no era para menos: los intentos de autolisis no eran infrecuentes. Aún así, nunca antes (y pocas veces después) había mandado tantos fármacos psicoactivos. Ni tantos medicamentos para abrir el apetito -ni siquiera en pediatría-. “Con lo que te dan en este sitio para comer y el panorama cotidiano, normal que no tengan apetito” pensaba. Un reducido catálogo de medicamentos, mucho ojo e intuición eran casi las únicas armas del día a día. Y si la intuición está directamente relacionado con la experiencia clínica imaginaos…

La mañana solía acabar repasando las tareas pendientes en el módulo de enfermería. Allí solían estar algunos pacientes de salud más delicada, encamados en pequeñas habitaciones similares a las de un hospital de beneficiencia. Había una sala de parada, cuyo inventario de material no quiero recordar. Y una consulta, ahora sí, con camilla, dos sillas y una mesa, con un fonendo de pared sin gomas ni manguito. Algunos reclusos que estaban en tercer grado o con buen comportamiento, tuvieran o no relación profesional alguna con el ramo sanitario, colaboraban con el personal sanitario en sus tareas habituales, sobre todo en el reparto de fármacos. El de metadona era el momento más crítico del día; no era inusual que se formaran reyertas o hubiera maniobras extrañas.

Las celdas de los internos eran auténticas perreras. En apenas 8-10 metros cuadrados 4-5 tíos casi en bolas en sus respectivas literas, hacinados, con el sol de agosto entrando a raudales por la ventana y un hedoroso calor humano. Buena parte de la mañana y de la tarde la pasaban, por fortuna, fuera de las celdas, en el patio. Los partidos improvisados de fútbol brillaban por su escaso fair play; eran pocos los momentos en los que desfogar la mala follá. Algunos pasaban las horas en los talleres, donde aprendían algún oficio, mirando casi más afuera y al futuro que adentro y al presente.

Pero no todos los reclusos estaban en las mismas circunstancias: los del módulo 1, los presos privilegiados (empresarios insolventes, políticos corruptos, constructores imprudentes) eran menos y por tanto estaban más holgados, no estaban casi mezclados con el resto y además solían estar a cargo de alguna responsabilidad, como la de llevar el economato. No dejaba de ser un tanto curioso que una persona condenada por malversación de caudales públicos estuviera a cargo de la gestión del economato…

Tampoco recibían el mismo trato los presos de ETA. Salían al patio antes que el resto y se iban antes que los demás. Comían aparte. Eran únicamente tres, pero tenían su propio taller para ellos sólos, con las paredes llenos de ikurriñas, fotos de presos etarras “muertos en combate” y tenebrosas banderas de la banda. Tanto los presos del módulo 1 como los etarras andaban con un aire de suficiencia y de superioridad moral sobre todos los demás. Tenían la certeza de que no eran “presos comunes”. Ni en el trato de todo y todos los que les rodeaban había la misma consideración de todos los presos por igual…

Muchas veces me he preguntado a mí mismo si estas personas merecían vivir en estas condiciones. Yo lo podría haber hecho mucho mejor, lo reconozco, y puede que el resto del año la atención sanitaria fuese infinitamente mejor de la que yo pude prestar esas cuatro semanas, no lo dudo. También es de esperar que todo cambiara cuando la prisión cerró y se mudaron al nuevo “centro penitenciario” (bonito eufemismo) de Córdoba. Pero a veces cuando se me vienen a la cabeza las condiciones de trabajo y de habitabilidad de la antigua prisión provincial de Córdoba la imagen se parece más a las de las películas de cine negro de gansters de los años cincuenta que a las propias de una sanidad avanzada de un país desarrollado.

(continuará)

[Foto: Las orejas al lobo, de K-naia]


Historias desde fuera de la cárcel (1): el porqué


Uno de mis primeros trabajos como médico fue en una prisión. Como lo oyen. Durante un mes de agosto estuve haciendo una sustitución en la antigua prisión provincial de Córdoba. Y ya saben: Córdoba en verano = calor de la hostia.

Pero lo peor no fue el calor sofocante (al cual nunca me acostumbré a pesar de haber pasado más de 13 años en esa ciudad). La cárcel era muy vieja y las condiciones de trabajo y habitabilidad (y las de los funcionarios y, sobre todo, los internos) eran pésimas. Algunos reclusos estaban hacinados en celdas con escasa higiene y la droga y la violencia eran el pan de cada día. Mi estancia fue fugaz, pero intensa. Aprendí mucho más en un mes que en muchos años de carrera.

Fue casualidad que me enteré, a través de un amigo, que buscaban médicos para trabajar en la prisión. Había acabado la carrera meses antes, y como vivía fuera de casa me tenía que ganar la vida. Trabajaba por aquel entonces en una clínica privada en un pueblo cercano a Córdoba, por 450 pesetas la hora, donde hacía las veces de médico, enfermero, auxiliar, celador, administrativo y limpiador, en clínica y a domicilio en un seat panda que se caía a pedazos. Quería salir de allí como fuera, pero no había mucho curro.

La oferta de la cárcel era, comparativamente con lo que tenía, “tentadora”. Dos meses de sustitución (uno para mi compañero y el otro para mí) cobrando el doble de lo que hasta ese momento cobraba, lo cual no hacía al mes ni 150.000 mil pesetas: un mileurista de la época. Y ni siquiera era un contrato público (los profesionales sanitarios dependen del ministerio del interior; ahora están pidiendo pasar a ser considerados dentro del sistema nacional de salud), ya que quien te reclutaba era una clínica de Madrid que hacía las veces de empresa de trabajo temporal (sí, así de cutres son…). Horario de mañana, con una semana entera de guardia localizada, y sin desplazarme fuera de la ciudad. Acepté, en parte porque no tenía muchas alternativas, en parte porque me picaba la curiosidad.

Y a decir verdad no me defraudó la experiencia…

(continuará)

Foto: Tuol Sleng Genocide Museum – Security Prision 21, por Wagner T. Cassimiro “Aranha”


Apología de la crítica destructiva


Ante una circunstancia o hecho con el que uno no está de acuerdo se puede actuar de varias maneras.

La más habitual, quizá, es el silencio, “dejarlo pasar” como si nada. Es la más cómoda, pero es que no se puede estar reactivamente saltando a todo lo que se menea, que cansa mucho…

La más políticamente correcta es, sin duda, la crítica constructiva. Una actitud proactiva, que dirían algunos. Aportar, construir, colaborar. Muy útil, desde luego, para llevarse bien con todo el mundo, ya que todos ganan con ella.

El problema es cuando no hay nada que construir. O cuando lo que se está construyendo no sirve para mucho, no cumple con la función para la que fue teóricamente creado o supone simplemente “más de lo mismo”. A lo mejor es mejor a veces no construir…

Y lo peor de esta modalidad de crítica es cuando en realidad lo que esconde es una suerte de inmovilismo, una especie de cobardía o miedo a desentonar, una inoperancia o incapacidad para promover cambios reales. Cuando lo que verdaderamente pretende es “no molestar” o no crear discrepancias o, llanamente, “mantener el consenso”.

La última de las formas de crítica es la proscrita. La antitética crítica destructiva. No me refiero al insulto, a la crítica personal, al escupitajo en el ojo, a la soez falta de argumentos. Me refiero a la manifestación abierta de la discrepancia con el ánimo de molestar al que no hace lo que debe hacer, de incomodar al que está tranquilamente sentado en el despacho o en el sofá cuando debería estar más bien dando el callo en la calle, de romper barreras o desmontar mitos, de ponerlo todo “patas arriba” si hace falta. La que nace con vocación de cambiar y de movilizar. Se puede hacer con elegancia o gritando, con una sonrisa en la cara o con una mueva de sarcasmo, abiertamente o con indirectas, en público o en privado. Pero la crítica destructiva, cuando no hay nada que construir o lo que hay no vale la pena ser construido, señores, ¡es necesaria!

A los que la practican, muy pocos en nuestro país, dicho sea de paso (hay que ser muy muy bueno para hacer una buena crítica que cumpla con estos principios), se les debería proteger, las plazas debían tener monumentos dedicados a sus memorias y hazañas, porque hacen más bien que mal. Pero me temo que el efecto que producen en la mayoría de nosotros es más bien lo contrario: matar al mensajero es la norma. Callar al que critica es lo habitual. Y si es posible, culpabilizándolo, criminalizándolo o simplemente haciéndole el vacío.

(Foto: Haciendo fotos a oscuras durante el festival Crítica Urbana en la Tabacalera de Lavapiés, por Brocco Lee)


Del paroxismo de la prevención a la moda de la enfermedad crónica


Lo que marca la moda es la demanda del que pueda comprarla. Generalmente las personas de clase media adinerada.

En un par de décadas hemos pasado de un extraordinario auge de la prevención clínica a una especie de circo alrededor de todo lo relacionado con “la cronicidad“. Precisamente el mismo tiempo por el que la clase dirigente de este país ha pasado de ser susceptible de recibir medidas preventivas para evitar enfermedades crónicas (vacuna del virus del papiloma, mamografías, chequeos anuales, hábitos de vida saludable…) a comenzar a padecerlas (cánceres, diabetes, células madre, estrategias verticales de atención al paciente crónico…).

¿Será casualidad?