¿Esperanza para los calvos?


Por accidente, hallan un posible tratamiento contra la calvicie.

Esperanza para los calvos.

Si yo fuera calvo y me topara con cualquiera de estos dos titulares de dos medios de comunicación lejanos y diferentes entre sí aparecidos en las últimas dos semanas, inmediatamente iría a mi médico a pedirle ese tratamiento esperanzador para la calvicie. Y mi médico, con cara de póker, probablemente me emplazaría a volver en un par de días, para que le diera tiempo a investigar de qué va el tema.

(Ver más en el blog Dueño de mi salud)


El continuum farmacológico de la demencia


Una de las enfermedades en las que más se ha avanzado en los últimos años ha sido en la demencia. Sin embargo, dicho avance es muy relativo, porque aunque es cierto que ha habido mucha inversión en investigación farmacológica y han salido al mercado varios preparados que buscaban retrasar o enlentecer la evolución de la misma, la pura verdad es que no mejoran de una manera clínicamente relevante los síntomas de la demencia y ni revierten ni detienen la progresión de los síntomas.

Pero la cosa no queda ahí. Algunos investigadores se atreven a contemplar que el deterioro cognitivo leve, entidad a caballo entre precursora de la demencia, una enfermedad monosintomática (que cursa sólo con problemas de memoria) o un simple factor de riesgo parece constituir el momento ideal para el inicio de la intervención (aunque no haya evidencias que avalen el uso de ninguno de los fármacos disponibles). E incluso, algunos van más allá, y quieren ser capaces, de «identificar aquellas zonas neuronales que están funcionando mal durante ese período de transición (…) para poder revertirlas al estado normal y evitar que progresen hacia la muerte neuronal y, por tanto, a la demencia».

Sin embargo, la máxima preventivista de querer intervenir cuanto más prematuramente mejor lleva a identificar un estadío más temprano aún. Y de ahí es donde sale el «deterioro cognitivo subjetivo«, un problema «muy frecuente» (¿quién no conoce a alguna anciana que no se le olvide de cuando en cuando dónde ha puesto la receta que acaba de meter en el bolso?) que quieren hacernos ver que evoluciona casi irremediablemente a demencia. Se confirmarían así los temores de nuestros pacientes, que acuden a nuestra consulta quejándose de padecer olvidos y despistes y que ven en ésto la antesala de la demencia.

Si pensaban que habíamos acabado se equivocan. El remate a la faena medicalizadora está aún por llegar. Una clínica privada escocesa especializada en reclutar pacientes para ensayos clínicos de tratamientos para la demencia quiere comprobar el efecto de la memantina, aprobada para demencias moderadas y graves, en pacientes SANOS con olvidos esporádicos de mediana-avanzada edad (50 a 80 años). Para quitarle hierro al asunto y que no nos echemos para atrás al identificar memantina con viejos demenciados, la clínica nos dice que, tranquilos, que esa píldora inteligente también lo utilizan los estudiantes para aprobar los exámenes.

La prensa amarilla de la ciencia, la revista «Poco Interesante», recoge este hito que marcará el antes y el después de los despropósitos de la ciencia de una manera como sólo ellos saben hacer: haciéndonos creer que el «deterioro cognitivo subjetivo» es algo mucho más simple que los olvidos de los ancianos. Así, la nueva entidad patológica es ni más ni menos que el «problema de desmemoria y falta de concentración que padecen muchas personas como consecuencia de un estilo de vida frenético, con múltiples ocupaciones en el hogar o el trabajo y el bombardeo incesante de información procedente de teléfonos móviles, televisión, radio, internet…». O sea, la gran mayoría de la población occidental…

Tonto el último que no se medique para no ser más alto, más guapo, más inteligente, tener más memoria, rendir más en el trabajo, en el sexo, con los niños, para dormir mejor, para estar más despierto, para vivir más años y ser personas perfectas. ¡Si nos lo están poniendo todos los días a huevo!


Preguntas incómodas que merecen silencios sospechosos


A 30 años justos del momento más cercano que estuvimos en democracia de perder nuestros derechos constitucionales, todos condenamos con todas nuestras fuerzas demostraciones totalitarias que tratan de censurar o de silenciar la libertad de expresión.

Pero existen formas silenciosas, sibilinas y sigilosas, de censura no tan explícita como la de Gadafi contra su población, pero que igualmente atentan un derecho fundamental: el derecho a discrepar, a mostrar desacuerdo, o a simplemente sembrar la duda (necesaria duda, sin la cual no existe opción para la mejora).

El amigo Roberto Sánchez nos muestra, con mucha sagacidad, un ejemplo de censura «democrática 2.0» ante una pregunta molesta en un foro abierto de una sociedad científica.

Y aquí el menda hoy puede dar fe de otro ejemplo, esta vez con una conocidísima clínica privada. Hace unos días, la CUN celebró en su web un videochat en el que un especialista de la misma respondía a las dudas de la gente en relación con la prevención del cáncer de colon. Estuve repasando en la web de la clínica qué servicios ofrecían a la población, y que se pueden resumir en un documento descargable. Me quedaba la duda de si la cadencia de revisiones era la aceptada según la evidencia disponible, así que se me ocurrió consultar al especialista. Mandé, por tanto, éste comentario:

Hola, mi nombre es Enrique Gavilán y soy médico de familia. He estado viendo en su página web información sobre la consulta de cáncer colorectal. Aconsejan ustedes a todo paciente con riesgo moderado-alto una batería de opciones de cribado con una periodicidad que no concuerda con las recomendaciones basadas en la evidencia publicadas en el consenso de varias sociedades científicas: http://bit.ly/halYpA / http://bit.ly/ftSDRr.
Si es tan amable, me gustaría saber cuál es su opinión y base científica al respecto.
Un saludo
enviado vía web a las 9:52 del día 10 de febrero en esta dirección:
http://www.cun.es/la-clinica/servicios-generales/comunicacion/

Pues bien, hoy mismo han publicado las respuestas a las preguntas que en su día no pudieron responder a través del videochat, y mi sorpresa es que mi pregunta no está… Cierto es que advierten claramente que «se reservan el derecho de admisión» de las preguntas, pero mi comentario ni era ofensivo ni despectivo ni tan siquiera buscaba el enfrentamiento (aunque reconozco que la pregunta tenía mucha intención), y la crítica o la duda, salvo que haya cosas que ocultar, manipular o sesgar, no debe ofender a nadie.

Revestidos de simbología participativa, abierta, libre y gratuita, los escaparates 2.0 de las instituciones proveedores de servicios y productos relacionados con la salud no son capaces de esconder sus verdaderas intenciones: no están dispuestos a permitir ningún atisbo de crítica o siquiera de duda que vaya en contra de sus intereses. El mercado no quiere enemigos, y enemigos son todos los que no se someten fiel y calladamente a sus dictámenes.

(Foto: ¿Donde está nuestra democracia?, de Daquella manera)


Por una moratoria del uso de yoduro potásico en las embarazadas


Cuando uno lee una recomendación tan clara y explícita como la de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) sobre la profilaxis con yoduro potásico de problemas tiroideos en el neonato y la madre, se espera que detrás de ella haya una verdad poco menos que incostestable. Pero ahora veremos que, al menos por ahora, no podemos decirlo tan alto ni tan claro.

Me explico.

Declaración de Ponferrada sobre la deficiencia de yodo en la dieta de la población española de la SEEN:

es imprescindible la administración de un medicamento diario que contenga al menos 200 μg de yodo en forma de yoduro potásico (IK), que deberá iniciarse lo antes posible, a poder ser cuando se esté planificando el embarazo.

¿Cuál es la justificación? Según este artículo de la misma sociedad científica que trata de dar respuesta a éste y otros dilemas, es la única forma de conseguir cubrir los requerimientos de yodo en el embarazo, que son el doble que en cualquier otro estado o momento de la vida (entre 250-300 μg). Sólo con el consumo de alimentos yodados se conseguiría un aporte de 150-200 μg, y se necesitarían otros tantos para alcanzar la dosis recomendada. La SEEN, por tanto, sugiere que debe haber un aporte extra de 150-200 μg de yoduro potásico, preferiblemente en preparados farmacológicos (que asegurar un aporte estable) y recomendablemente no en forma de complejos multivitamínicos, ya que las cantidades en este caso no son suficientes.

Impecable razonamiento para conseguir niveles de yodo adecuados en el embarazo. Pero, ¿con qué fin?

Siguiendo esa misma lógica, podemos construir un bonito silogismo:

* Si en las embarazadas hay un constatado déficit de yodo

* y el déficit de yodo provoca problemas tiroideos y alteraciones en el desarrollo psicomotor y cognitivo del niño,

* pues aportemos yodo a las embarazadas y así evitamos estos problemas.

Pero en la ciencia no siempre 2 + 2 son cuatro, y menos en medicina. Las cosas hay que demostrarlas. ¿Existen evidencias que avalen la yodoprofilaxis de estos problemas durante el embarazo? Pues leyendo las recomendaciones de la SEEN y algunos protocolos asistenciales de embarazo de algunas comunidades autónomas, podría decirse que sí. Pero ¿es verdad?

Los sagaces editores de AMF, a raíz de un artículo anteriormente publicado en este blog, me pidieron que revisara el tema. Y éstas son las conclusiones (basadas en la bibliografía que anexo):

La suplementación con yodo en el embarazo demuestra tener un efecto positivo en la prevención de cretinismo e incluso en la mortalidad, así como en la mejora del desarrollo cognitivo en niños que viven en zonas geográficas con déficit grave de yodo. Aunque estos estudios no están exentos de importantes sesgos, la relevancia del tema de estudio así como el importante problema del déficit de yodo en la dieta en estos países hacen recomendable la suplementación con yoduro potásico a las embarazadas, sin olvidar la actuación sobre otros determinantes de la salud.

Sin embargo, en áreas con déficit leves o moderados la yodoprofilaxis de problemas tiroideos con traducción clínica no parece demostrada. Sólo dos estudios han evaluado trastornos tiroideos clínicos, y no han podido evidenciar que la suplementación con preparados farmacológicos de yoduro potásico sea mejor que placebo o que no dar suplementos. La mayoría de los ensayos clínicos disponibles sólo valoran datos bioquímicos de función tiroidea; en los pocos estudios donde hay mejoría estadísticamente significativa en dichos parámetros, los resultados no suelen traspasar los rangos de normalidad. Y aunque muchas de estas variables podrían considerarse surrogadas al desarrollo psicomotor del niño, éste vínculo no ha podido aún ser demostrado al no disponer de ensayos clínicos aleatorizados, controlados y debidamente cegados que midan estos efectos a medio o largo plazo.

Por tanto, en lugares con déficit leves-moderados de yodo, la suplementación adicional con preparados farmacológicos de yodo de forma sistemática en mujeres sanas no está demostrado que tenga efectos clínicos beneficiosos sobre la madre o el neonato.

Y no sólo no está suficientemente demostrado su beneficio, sino que no parece estar completamente exento de riesgos. ¿Por qué entonces una recomendación tan categórica? ¿Porqué yodar a las mujeres embarazadas sin evidencias concluyentes a su favor? ¿No sería mejor esperar a tener resultados de ensayos clínicos bien diseñados, aleatorizados, bien cegados, bien controlados, que midan resultados clínicos de problemas tiroideos y desarrollo cognitivo del niño, además de parámetros bioquímicos de función tiroidea, y que evalúen su efectividad clínica y su seguridad más a largo plazo? Máxime si además están próximos a ser publicados los resultados de un ensayo clínico que sí que cumple esos requisitos.

Por tanto, hasta que podamos ver qué sale de éste ensayo clínico, propongo que se disponga una moratoria en el uso del yoduro potásico en la embarazada por parte de autoridades, instituciones, médicos, matronas y sociedades científicas.

BIBLIOGRAFÍA

  • Romano R, Jannini EA, Pepe M, Grimaldi A, Olivieri M, Spennati P, et al. The effects of iodoprophylaxis on thyroid size during pregnancy. Am J Obstet Gynecol. 1991;164:482-5.
  • Pedersen KM, Laurberg P, Iversen E, Knudsen PR, Gregersen HE, et al. Amelioration of some pregnancy-associated variations in thyroid function by iodine supplementation. J Clin Endocrinol Metab. 1993;77:1078-83.
  • Glinoer D, De Nayer P, Delange F, Lemone M, Toppet V, Spehl M, et al. A randomized trial for the treatment of mild iodine deficiency during pregnancy: maternal and neonatal effects. J Clin Endocrinol Metab. 1995;80:258-69.
  • Nøhr SB, Jørgensen A, Pedersen KM. Laurberg P. Postpartum thyroid dysfunction in pregnant thyroid peroxidase antibody-positive women living in an area with mild to moderate iodine deficiency: is iodine supplementation safe? J Clin Endocrinol Metab. 2000;85:3191-8.
  • Antonangeli L, Maccherini D, Cavaliere R, Di Giulio C, Reinhardt B, Pinchera A, et al. Comparison of two different doses of iodide in the prevention of gestational goiter in marginal iodine deficiency: a longitudinal study. Eur J Endocrinol. 2002;147:29-34.
  • Liesenkötter KP, Göpel W, Bogner U, Stach B, Grüters A. Earliest prevention of endemic goiter by iodine supplementation during pregnancy. Eur J Endocrinol. 1996;134:443-8.
  • Velasco I, Carreira M, Santiago P, Muela JA, García-Fuentes E, Sánchez-Muñoz B, et al. Effect of oodine prophylaxis during pregnancy on neurocognitive development of children during the first two years of life. J Clin Endocrinol Metab. 2009;94:3234-41.
  • Berbel P, Mestre JL, Santamaría A, Palazón I, Franco A, Graells M, et al. Delayed neurobehavioral development in children born to pregnant women with mild hypothyroxinemia during the first month of gestation: the importance of early iodine supplementation. Thyroid. 2009;19:511-9.

El totem sagrado de la osteoporosis


En la última visita, Elisa me comentó que al día siguiente tenía cita con un ginecólogo «de pago». «Porque estos dolores me tienen que venir a mí de algún lado». Le adelanté que muy probablemente el ginecólogo le pediría una densitometría, y que por añadidura le caería un bifosfonato.

Al cabo de dos semanas, Elisa se presentó en mi consulta de nuevo, con el resultado de la densitometría y con la prescripción facultativa: Osteopenia vertebral, normalidad en la densidad mineral ósea de cuello de fémur y una receta con un abanico de posibilidades de diferentes presentaciones de bifosfonatos. La consulta con el ginecólogo privado fue, según la paciente, rápida, muy técnica, directa, prácticamente sin ningún intercambio de información.

La encerrona me obligó a reaccionar y desplegar todas mis armas persuasorias. Que si la menopausia es un proceso natural; que si la osteoporosis producido por la menopausia no es ninguna enfermedad (cuando menos que ella ni siquiera tenía osteoporosis, sino osteopenia); que si no había ninguna indicación para esa prueba porque no tenía tampoco ningún factor de riesgo para padecer osteoporosis; que en cualquier caso la densitometría era sólo para ver la densidad del hueso y que los huesos se rompen por otras causas además de por la osteoporosis; que sus dolores no eran provocados -al contrario de lo que le había insinuado el ginecólogo y lo que dicen muchos sites en Internet– por «el desgaste de huesos», sino por los signos incipientes de artrosis que en anteriormente habíamos visto en sus radiografías; que si aunque ella desarrollara osteoporosis en el futuro sólo 1 de cada 100 mujeres como ella tendrían fracturas al cabo de 10 años, consiguiendo esas pastillas que el ginecólogo le había recomendado evitar a «media» persona tener rotura de huesos; que además esas pastillas, paradójicamente, aumentan el riesgo de tener otras fracturas como la de fémur o la de mandíbula; que si, como ella misma sabía, los ancianos se caen no es sólo porque se les rompan los huesos, sino por otros motivos más de índole social o familiar; etc., etc.

Pongamos que en la consulta con el ginecólogo privado éste invirtiera 5 minutos en prescribirle el tratamiento para la presunta osteoporosis; más de 20 tuve que invertir yo para desmontar todos los mitos que éste había introducido con tanta facilidad. Y no tengo garantizado el éxito, porque la marea en contra es tremenda (basta con buscar en google osteoporosis y bifosnonatos y leer un poco…).

Los médicos hemos estado muchos siglos medicalizando la sociedad, pero especialmente desde los años 60-70. Aunque desde ahora nos pusiéramos todos a desmontar esos grandes y fuertes totems -sólidos como huesos bien calcificados-, me temo que necesitaríamos más de un siglo para desmedicalizar lo medicalizado. Entre otras cosas, porque las vacas sagradas no van a mover el culo de su acomodado sitio.

(Foto: Totem, por Shayan)


Programas de Salud: ¿concienciación o represión?


Por el Prof. Zurita, desde Argentina:

Informar, puede ser ineficaz, o tener resultados imprevisibles, puesto que el ser humano no es una PC, a la cual se pueden quitar y agregar programas. Los “programas” anteriores parece quedan en la mente, y como en las PC electrónicas, pueden crear problemas de incompatibilidad.

Comprender los “programas” de la mente es objeto de investigación, por la psicología, la antropología, la sociología, y la educación para la salud, que han elaborado teorías y modelos al respecto, generalmente ignorados por quienes deben informar/concienciar, que simplemente creen que lo mejor es “machacar”, y aunque es cierto que así se templa, y mejora el hierro, nadie dice que la conducta humana pueda asimilarse a este procedimiento metalúrgico, existiendo mas bien evidencias en contrario; el machaque anima a la desobediencia, sobre todo a los mas jóvenes.

A propósito de los programas del niño crónicamente sano y las píldoras del día de después y, ahora, la del día antes.


Muerte en el hospital


Cuando vi el nombre de José en el listado de pacientes me alegré mucho. Pocos días después de mi última visita lo ingresaron en el hospital, y pensé que ya estaba de alta. Salí a la sala de espera y cité su nombre. Pero cuando vi aparecer a su mujer vestida de negro y con cara compungida me dí cuenta de que estaba equivocado.

Traía un par de bolsas con todos los medicamentos que tomaba y el pastillero que le habíamos cedido para evitar que se liara con tanto fármaco. «Por si a alguien le puede ser útil, ya que a José, el pobre, ya no».

Aquellas flemas manchadas de bilis que le vi el día de mi última visita fueron el presagio de una tormenta de vómitos ensangrentados, me explicó la mujer. Y siguió:

Aquello era imponente, doctor. Después de cortarse la hemorragia estuvo un día de días bien, que a nosotros nos dio esperanzas de que se iba a poder venir a casa, pero luego José fue apagándose poco a poco, hasta que todo era un sufrimiento, hasta respirar. Yo se lo decía a las señoritas, «por favor, pónganle algo para que esté tranquilo», pero ni más que unos pocos calmantes que no le hacían ná, doctor, y venga hacerle análisis, y venga sondas por arriba y por abajo, y oxígeno y más pruebas, pero yo ya les decía que eso no iba a arreglar nada, y mientras tanto él sufriendo, doctor, y yo con él, ¡qué noches más malas! Menos mal que al fin dios lo acogió en su seno, porque aquello no se lo deseo yo a nadie.

(Foto: A portrait of death in modern America, por Niels Olson)


EPOC, ¿diagnóstico precoz o prematuro?


Hace unos meses, los editores de la revista AMF me pidieron un editorial sobre el tema que ya había tratado en este blog de la detección del EPOC a raíz de una conocida campaña publicitaria.

Los editores, muy inteligentemente, me sugirieron el título: EPOC, ¿cribado prematuro? No es un descuido cambiar «precoz» por «prematuro». Precoz es, en términos de diagnóstico de enfermedades, lo «perteneciente o relativo a las etapas tempranas de una enfermedad o proceso orgánico», mientras que prematuro sería establecer una detección «antes de tiempo».

No es lo mismo un diagnóstico temprano que un diagnóstico antes de tiempo: en el primero puedes actuar cuando ya hay enfermedad, aunque el paciente no se sienta enfermo (prevención secundaria); en el segundo, la enfermedad no está presente, pero tampoco está ausente. Simplemente, «no está madura». Se podría hablar, pues, de un estado de cuasi-enfermedad, en el que las intervenciones disponibles ni siquiera sabemos si pueden hacer algo por el paciente (o bien han demostrado su inutilidad). En estas condiciones, intervenir supone un riesgo alto de iatrogenia.

¿Qué sucede con las espirometrías poblacionales? Cuando se hacen en contextos asistenciales y sobre muestras representativas, poco menos de la mitad de los que se diagnostican de EPOC están en estadíos susceptibles de tratamiento que pueda alterar su evolución y pronóstico. Y si eso es así en estudios serios sin sesgos de selección, qué decir de las campañas indiscriminadas de espirometrías «gratis» estilo-callejeros en la puerta de un centro comercial, actividades que venden mucho y que la prensa rosa jalea (aunque también algunos medios, empresas e instituciones supuestamente serias).

Hacer campañas de cribado indiscriminado de la EPOC no sólo no tienen ningún fundamento científico, sino que contribuyen a medicalizar. Lo puedo decir más alto pero no más claro. Sensibilizan a la población, sí, pero a costa de MEDICALIZAR (por no decir de los falsos positivos, sobrediagnósticos y etiquetas innecesarias que provocan).

¿De qué hablamos, entonces? Es evidente que los límites entre lo que es enfermedad y lo que no, lo que es susceptible de mejoría o intervención sanitaria o no, etc., no están siempre tan claramente definidos. Siendo entonces así, ¿porqué confundir a la población con mensajes categóricos como «es imprescindible detectar lo antes posible» cuando en más de la mitad de las ocasiones no vamos a conseguir nada, en otro porcentaje nada desdeñable lo que se puede hacer es más bien poco y en algunos otros, incluso, lo único que haremos es empeorar su situación?

Las bases de toda mi argumentación la podéis consultar en el editorial que acaba de publicar la revista en su número de Febrero. Número en el que también se publican comentarios bibliográficos realizados por compañeros del grupo de enfermedades respiratorias de la societat catalana de MFiC, en los que algunos datos parecen contradecir mis afirmaciones. La polémica, pues, está servida…


Las tijeras romas que dejan huella


Durante mi primer año de formación, en la rotación por medicina interna por un hospital de crónicos ya desaparecido, conocí a una internista muy peculiar, Luisa, cuya máxima obsesión era meter la tijera en el listado de los medicamentos de los ancianos que pasaban a su cargo.

Los primeros en caer eran siempre las estatinas. Yo había estado trabajando como becario en una unidad de lípidos y me encontraba iniciando una tesis doctoral experimental sobre las mutaciones genéticas que aumentaban la susceptibilidad a la oxidación de las lipoproteínas (ni que decir tiene que no terminé dicha tesis). Frecuentaba congresos sobre los grasos elementos, y no oculto que simpatizaba con la causa del colesterol.

Por extensión (no sólo se trataba de los hipolipemiantes) ahora puedo decir con mucho pudor que yo era (y me temo que aún SOY) un agente medicalizador, y por tanto, la estrategia farmacoctomizadora de Luisa me parecía una aberración.

Pero claro. Poco a poco fui entendiendo que, a pesar de lo que nos dicen, no todos los medicamentos deben ser de por vida; que aunque se esgrimen argumentos científicos para mantener el uso de medicamentos «preventivos» en el anciano hasta el último momento, la mayoría de las veces hay pocas o ninguna evidencia para su utilización en esas edades, ya que los ensayos clínicos suelen hacerse en personas con menor edad; que hay momentos en la vida, cuando ésta llega a su ocaso, en que los objetivos terapéuticos se modifican y ya no tiene ningún sentido mantener la estatina a un anciano inmovilizado o un bifosfonato a una persona mayor que está confinada a su catre; que la medicación no sólo es una cuestión clínica, sino que ha de ser considerada dentro de un contexto personal, familiar y social; que significación estadística no guarda siempre paralelismo con relevancia clínica; que muchos medicamentos producen más problemas que beneficios; y que, por último, quitar los medicamentos que no tiene sentido mantener al final de la vida no sólo no mata, sino que puede ser hasta bueno.

Luisa, estés donde estés, gracias… Aunque he tardado mucho en darme cuenta de lo valioso de tus enseñanzas, nunca es tarde si la dicha es buena, ¿no?

(Foto: Drugs, por Mikl Roventine)


¿Medicamentos que sobran o análisis simplistas?


Es de esperar de los sistemas de información que generen información. Una perogrullada, lo sé. Pero es que no siempre esa información es debidamente analizada e interpretada, o bien luego se presentan sesgadamente de la manera que a uno le convenga mejor.

Cuando hablamos de recetas, lo habitual es que nos presenten datos de gasto, o del incesante crecimiento en el número de recetas que se realizan en los centros sanitarios de este país. Pero hoy, gracias a la automatización del proceso de prescripción que concede el sistema de receta electrónico catalán, hemos conocido un curioso dato: que el 20% de las recetas que se emiten no se recogen de la farmacia.

¿Porqué pasa ésto? A uno se le ocurren algunas explicaciones: que el medicamento prescrito no sea el que el paciente deseara, o que simplemente el paciente considere que no debía tomarlos, a pesar de la recomendación de su médico.

¿Sólo eso?

Según se aventura a explicar El Periódico:

Esto es así incluso cuando la obtención del fármaco recetado es totalmente gratuita porque el titular de la tarjeta sanitaria que motivó el acto médico es un jubilado.

De esto se podría desprender que tengas o no gratuidad en los medicamentos el fenómeno sigue siendo igual. ¿Seguro?

Un grupo de investigadores estadounidenses ha evaluado en un estudio de cohortes recientemente publicado en la revista Annals of Internal Medicine los factores que se asocian al hecho de no recoger de la farmacia (o incluso devolver una vez comprados) los medicamentos prescritos. Y he aquí algunas de las sorpresas (o no tanto) que han encontrado:

– Que los ancianos son los que menos riesgo tienen de abandonar las recetas (la razón de probabilidades era de sólo 0.55).

– Que las personas cuyos medicamentos son más caros, los que tienen menor poder adquisitivo y los que no tienen gratuita la receta suelen tener más riesgo de no retirar los medicamentos recetados.

– Que los medicamentos crónicos son los que menos se dejan de sacar de la farmacia.

– Que la receta electrónica aumenta el riesgo de abandono de las prescripciones (Odds Ratio de 1.6).

Por tanto, subyace a todo este fenómeno un componente estructural importante, de manera que el copago de los medicamentos y el poder adquisitivo de los pacientes es un factor determinante, y no sólo las expectativas del paciente o el grado de acuerdo entre médico y paciente. Y es que a veces el paciente no puede asumir el coste de los fármacos, sobre todo cuando son caros.

Sin embargo, en la reseña periodística sólo ven un motivo: que el paciente, por alguna razón, no pensaba tomárselos.

Y de ahí, el consejero de turno pasa al ataque: vivimos en una sociedad con una «cultura recetista», en la que las consultas que no acaben con la emisión de al menos una receta están en peligro de extinción y la demanda de medicamentos es altísima. Hasta ahí puedo estar de acuerdo.

Pero a partir de ahí, pasan la pelota: «el médico ha de atreverse a recetar menos, y el enfermo ha de asumir que su doctor siempre sabe más medicina que él».

La cuestión es mucho más compleja como para echarle la culpa a Internet o a la falta de confianza en el médico o a que éste tenga la pluma fácil.

No podemos seguir hablando de equidad si el nivel de renta no importa a la hora de recibir la prestación farmacéutica. No es éticamente sostenible que mientras que un desempleado activo debe que asumir el 40% del precio de sus tratamientos crónicos, todos los que superan los 65 años tienen gratuidad en los medicamentos aunque tengan planes de pensiones que superen en varias decenas de veces el sueldo de un ciudadano medio. O que los medicamentos de uso doméstico para dolencias menores también se financien de la misma manera que los medicamentos para enfermedades crónicas. O que todos los medicamentos que administrativamente tengan requisitos para ser comercializados deban ser financiados en el sistema nacional de salud independientemente de su utilidad o balance beneficios-riesgos-inconvenientes-costes.

Son mundos distintos, problemas diferentes. No podemos aplicar los mismos remedios a todos por igual. Ni meter a todos en el mismo saco. Ni achacar los problemas a los demás sin ni siquiera hacer un poco de autocrítica y asumir lo que, por lógica, debieran hacer por estar en el sitio donde están.