Historias desde fuera de la cárcel (3): anécdotas varias


Tercera y última entrega de la serie “Historias desde fuera de la cárcel”.

Las emociones están a flor de piel en un lugar donde las personas están privadas de lo más elemental del humano que es la libertad. Por tanto, una estancia, aunque sea corta, en un lugar como la cárcel, que es un nido de anécdotas, da para muchas historias. Sólo citaré algunas de las más relevantes, para no aburrir a tan distinguidos lectores ;-).

Imaginaos la escena. Un preso que había formado parte de ETA como colaborador, que estaba separado de los demás miembros de la banda por separarse de sus principios y que perseguía acercarse a Euskadi, se pone de huelga de hambre y -recordamos, Agosto en Córdoba- ¡de sed! Cuando un recluso se pone en huelga de hambre se abre un protocolo. Hay que evaluar al preso todos los días, y hacerle un seguimiento estrecho. ¿A quién le tocó la papeleta? Pues sí, ¡a mí! Ya conocía al preso porque colaboraba con nosotros en la enfermería, por lo que tenía cierta confianza con él. Intenté convencerlo para que dejara la huelga. Me dijo que ni lo intentara. “Si lo que temes es por ti, no te preocupes, ya les digo a los de la banda que no te hagan nada, que no te amenacen, que tu no tienes nada que ver”. “¡Joder, te lo agradezco, un detalle!”, pensé. Pero en vez de eso, lo que dije, un poco hipócritamente, lo reconozco, fue “no, Juan, lo que me preocupa eres tu. Una huelga de hambre la podrías soportar muchas semanas, cierto, pero una de sed…”. “Algunos “compañeros” lo han hecho y aguantaron una semana”. “Pero no en Córdoba, ¡a 40ºC!”.

Me fui a casa un tanto, por decirlo suave, acongojado. Para más inri, al cabo de un rato me llaman al móvil. Estaba de guardia localizada, y pensaba que era una emergencia. Pero no: los del periódico Córdoba querían saber detalles del preso en huelga. Me negué: una cosa es pringarse más o menos en el trabajo siendo sustituto, y otra complicarse en exceso la vida con algo que nadie nunca te va a agradecer. “Tenemos derecho a informar”, me espetaron. “Y yo a no atender la prensa”, les contesté. Al día siguiente, el preso me comunicó que dejaba la huelga. Ni os imagináis lo contento y lo tranquilo que me quedé… A los pocos días los de instituciones penitenciarias le adelantaron que estudiarían su petición.

El resto de la semana de guardia pasó sin más sobresaltos, pero sólo de casualidad. Una mañana, a las 8 de la mañana, justo cuando comenzaba el trabajo presencial en la prisión, apareció un interno en parada respiratoria. El día de antes habían desaparecido algunas dosis de metadona. Afortunadamente, el preso fue cogido a tiempo, y por suerte no me tocó a mi atenderlo (no sé si lo hubiera hecho bien). Pronto supimos que se sospechaba de un colaborador del módulo de enfermería, el que se encargaba precisamente de repartir la metadona. Un día triste, sin duda. “En el talego no te puedes fiar ni de tu sombra”, me decían.

Pocas veces en mi vida he sufrido tantas amenazas juntas. Tres de ellas fueron de muerte. La que recuerdo con más nitidez fue proferida por un preso alto, con cicatrices en la cara, un armario de tío. A medio palmo de mi cara me prometió que nunca olvidaría mi cara y que ya ajustaríamos las cuentas allá fuera… Mantuve la mirada por pura dignidad, pero os juro que por poco no me orino patas abajo. Aunque nunca preguntaba a nadie porqué motivo estaban en el trullo, un funcionario se aprestó a enumerarme las causas de ese recluso. “No quiero saberlo, de veras, no me interesa”, pero ya era tarde. Tres asesinatos, un sin fin de agresiones y varios robos eran un buen curriculum delictivo, a decir verdad. ¿El motivo de la amenaza? No prescribirle unos tranquilizantes con los que, al parecer traficaba.

El caso que os comentaba antes de la sobredosis de metadona no era, al parecer, tan inusual. A veces la intoxicación o el daño no eran accidentales, sino con fines autolíticos. Tragarse unos cristales o cortarse las venas de la muñeca eran sólo excusas para salir de la cárcel a pasar unos días en el hospital: una especie de ilusión de libertad o una huída hacia adelante, nunca supe ni entendí del todo el porqué.

Tampoco es una leyenda urbana que se trafique dentro de una prisión. No sólo con metadona y ansiolíticos, sino con droga. La antigua cárcel de Córdoba estaba en medio de un barrio periférico de la ciudad, y lo único que separaba a los patios de la calle era un muro. Por tanto, no era infrecuente ver caer un paquete cargado de drogas. Inmediatamente se formaba entre los presos un caos con apariencia de improvisación pero que no engañaba a nadie: cada interno tenía un papel en toda esa comedia representada con la intención de hacer ver que nada había pasado. Aunque los funcionarios intentaran poner orden y averiguar lo sucedido nadie iba a cantar.

En una de esas debió haber un intento de robo de la mercancía por parte de uno de los internos, porque en seguida se formó una montonera en el que comenzaron a salir navajas y más de un pincho (el más largo si no tenía 40 cms de longitud no tenía ninguno). Hubo heridos leves que manaron poca sangre, por fortuna; otras veces no se andan con tantos miramientos ni desatinos. Con el poder y el dinero no se juega. Y menos en un lugar donde unos pocos señores de la guerra controlan y manipulan a su antojo todo lo que les rodea con tal de mantener un sórdido estatus de privilegiado en medio de tanta miseria humana.

(Nota: Agradezco a la Dra. Martín el haberme despertado las ganas de contar esta experiencia)

oto: Restos aún en pie de la fachada de la antigua prisión provincial de Córdoba, por dosymedio2009]


Historias desde fuera de la cárcel (2): las condiciones de trabajo


Segunda entrega de la serie “Historias desde fuera de la cárcel”.

Aunque tuve la suerte de que un amigo empezó el mes anterior la sustitución en la prisión provincial de Córdoba y que por ello ya iba sobre aviso, hubo ciertas cosas para las que no estaba prevenido. Como por ejemplo que no era preciso que llevara mi fonendo. “No hay médico sin fonendo” (médico asistencial, se entiende, los radiólogos y los documentalistas y los traumas, entre otros, están o parecen exentos de este principio básico), pensaba. Pero no, no era necesario llevarlo. Y no porque allí hubiera alguno que pudiera utilizar de prestado, sino porque “en este sitio esas cosas no se utilizan”. Tampoco había depresores ni linternas u otoscopios para ver gargantas y oídos. Pregunté por ellas y me contestaron que unos años antes había habido una linterna al fondo de la vitrina de la consulta del módulo de enfermería: allí estaba, cierto, pero oxidada y sin baterías. A decir verdad nada de todo eso me iba a servir para mucho. Luego vería el porqué.

Al poco rato me acompañaron a donde había que pasar consulta en el módulo 4. Un cajón revestido de ladrillo y de polvo de menos de 5 metros cuadrados, con una única silla y una mesa en la que apoyar el listado donde apuntar la actividad del día -nombre y motivo de consulta-. Ni camilla de exploración, ni luz de apoyo, ni silla para el paciente. En la pared desnuda un timbre con el que avisar a los funcionarios en caso de problema. Tu única conexión con el “mundo de la calle”. Un timbre que estuve tentado en más de una ocasión de hacer sonar, por si de verdad funcionaba (nunca se sabe….). De no ser porque lo lógico es que en un contexto de alta tensión permanente una falsa alarma intencionalmente provocada no sería nada bienvenida.

Una vez conocido el terreno, nos salimos del módulo. Sonó el timbre, y los presos comenzaron a salir de sus celdas y a distribuirse por el patio. En uno de los soportales del mismo se comenzó a formar una larga cola. La del médico. Esperaba la señal del funcionario mientras era testigo del paisaje cambiante. Ya. Abrieron la verja a través de la cual accedí al pasillo para dirigirme a “la consulta”. Sentí un escalofrío al escuchar como ésta se cerraba justo después de traspasarla y ver que a mi sombra no la acompañaba ninguna otra. Comencé suspirando. ¿Qué te pasa? Me duele la garganta. ¿Fiebre? No. Pues nada, luego pasas por la farmacia y que te den ésto. Y así hasta 20-30 por módulo.

Lo peor era cuando te pedían algo para dormir. Estaba advertido: algunos traficaban con ansiolíticos (y con metadona, y con coca y con caballo). Era mejor mandar placebón forte para dormir (uno de esos complejos vitamínicos de la farmacia de defensa, los mismos que, dicen los que la hicieron la mili, andaban por los botiquines de los cuarteles). Había que valorar muy bien a quién suministrar hipnóticos o benzodiacepinas. Y no era para menos: los intentos de autolisis no eran infrecuentes. Aún así, nunca antes (y pocas veces después) había mandado tantos fármacos psicoactivos. Ni tantos medicamentos para abrir el apetito -ni siquiera en pediatría-. “Con lo que te dan en este sitio para comer y el panorama cotidiano, normal que no tengan apetito” pensaba. Un reducido catálogo de medicamentos, mucho ojo e intuición eran casi las únicas armas del día a día. Y si la intuición está directamente relacionado con la experiencia clínica imaginaos…

La mañana solía acabar repasando las tareas pendientes en el módulo de enfermería. Allí solían estar algunos pacientes de salud más delicada, encamados en pequeñas habitaciones similares a las de un hospital de beneficiencia. Había una sala de parada, cuyo inventario de material no quiero recordar. Y una consulta, ahora sí, con camilla, dos sillas y una mesa, con un fonendo de pared sin gomas ni manguito. Algunos reclusos que estaban en tercer grado o con buen comportamiento, tuvieran o no relación profesional alguna con el ramo sanitario, colaboraban con el personal sanitario en sus tareas habituales, sobre todo en el reparto de fármacos. El de metadona era el momento más crítico del día; no era inusual que se formaran reyertas o hubiera maniobras extrañas.

Las celdas de los internos eran auténticas perreras. En apenas 8-10 metros cuadrados 4-5 tíos casi en bolas en sus respectivas literas, hacinados, con el sol de agosto entrando a raudales por la ventana y un hedoroso calor humano. Buena parte de la mañana y de la tarde la pasaban, por fortuna, fuera de las celdas, en el patio. Los partidos improvisados de fútbol brillaban por su escaso fair play; eran pocos los momentos en los que desfogar la mala follá. Algunos pasaban las horas en los talleres, donde aprendían algún oficio, mirando casi más afuera y al futuro que adentro y al presente.

Pero no todos los reclusos estaban en las mismas circunstancias: los del módulo 1, los presos privilegiados (empresarios insolventes, políticos corruptos, constructores imprudentes) eran menos y por tanto estaban más holgados, no estaban casi mezclados con el resto y además solían estar a cargo de alguna responsabilidad, como la de llevar el economato. No dejaba de ser un tanto curioso que una persona condenada por malversación de caudales públicos estuviera a cargo de la gestión del economato…

Tampoco recibían el mismo trato los presos de ETA. Salían al patio antes que el resto y se iban antes que los demás. Comían aparte. Eran únicamente tres, pero tenían su propio taller para ellos sólos, con las paredes llenos de ikurriñas, fotos de presos etarras “muertos en combate” y tenebrosas banderas de la banda. Tanto los presos del módulo 1 como los etarras andaban con un aire de suficiencia y de superioridad moral sobre todos los demás. Tenían la certeza de que no eran “presos comunes”. Ni en el trato de todo y todos los que les rodeaban había la misma consideración de todos los presos por igual…

Muchas veces me he preguntado a mí mismo si estas personas merecían vivir en estas condiciones. Yo lo podría haber hecho mucho mejor, lo reconozco, y puede que el resto del año la atención sanitaria fuese infinitamente mejor de la que yo pude prestar esas cuatro semanas, no lo dudo. También es de esperar que todo cambiara cuando la prisión cerró y se mudaron al nuevo “centro penitenciario” (bonito eufemismo) de Córdoba. Pero a veces cuando se me vienen a la cabeza las condiciones de trabajo y de habitabilidad de la antigua prisión provincial de Córdoba la imagen se parece más a las de las películas de cine negro de gansters de los años cincuenta que a las propias de una sanidad avanzada de un país desarrollado.

(continuará)

[Foto: Las orejas al lobo, de K-naia]


Historias desde fuera de la cárcel (1): el porqué


Uno de mis primeros trabajos como médico fue en una prisión. Como lo oyen. Durante un mes de agosto estuve haciendo una sustitución en la antigua prisión provincial de Córdoba. Y ya saben: Córdoba en verano = calor de la hostia.

Pero lo peor no fue el calor sofocante (al cual nunca me acostumbré a pesar de haber pasado más de 13 años en esa ciudad). La cárcel era muy vieja y las condiciones de trabajo y habitabilidad (y las de los funcionarios y, sobre todo, los internos) eran pésimas. Algunos reclusos estaban hacinados en celdas con escasa higiene y la droga y la violencia eran el pan de cada día. Mi estancia fue fugaz, pero intensa. Aprendí mucho más en un mes que en muchos años de carrera.

Fue casualidad que me enteré, a través de un amigo, que buscaban médicos para trabajar en la prisión. Había acabado la carrera meses antes, y como vivía fuera de casa me tenía que ganar la vida. Trabajaba por aquel entonces en una clínica privada en un pueblo cercano a Córdoba, por 450 pesetas la hora, donde hacía las veces de médico, enfermero, auxiliar, celador, administrativo y limpiador, en clínica y a domicilio en un seat panda que se caía a pedazos. Quería salir de allí como fuera, pero no había mucho curro.

La oferta de la cárcel era, comparativamente con lo que tenía, “tentadora”. Dos meses de sustitución (uno para mi compañero y el otro para mí) cobrando el doble de lo que hasta ese momento cobraba, lo cual no hacía al mes ni 150.000 mil pesetas: un mileurista de la época. Y ni siquiera era un contrato público (los profesionales sanitarios dependen del ministerio del interior; ahora están pidiendo pasar a ser considerados dentro del sistema nacional de salud), ya que quien te reclutaba era una clínica de Madrid que hacía las veces de empresa de trabajo temporal (sí, así de cutres son…). Horario de mañana, con una semana entera de guardia localizada, y sin desplazarme fuera de la ciudad. Acepté, en parte porque no tenía muchas alternativas, en parte porque me picaba la curiosidad.

Y a decir verdad no me defraudó la experiencia…

(continuará)

Foto: Tuol Sleng Genocide Museum – Security Prision 21, por Wagner T. Cassimiro “Aranha”


Análisis de los cuántos y de los qués de la consulta


Lo prometido es deuda. Después de 3 semanas recolectando datos cuantitativos y cualitativos de la demanda de mi consulta éstos son los resultados.

Creo que, en este caso, valen más los gráficos y figuras que mis palabras.

Motivos de consulta (imagen creada en wordle.net).

El tamaño de cada palabra depende de la cantidad de veces que se repite.

Ahora toca darle la vuelta a ésto. ¿Consejos? ¿Comentarios? Serán bienvenidos…


Apología de la crítica destructiva


Ante una circunstancia o hecho con el que uno no está de acuerdo se puede actuar de varias maneras.

La más habitual, quizá, es el silencio, “dejarlo pasar” como si nada. Es la más cómoda, pero es que no se puede estar reactivamente saltando a todo lo que se menea, que cansa mucho…

La más políticamente correcta es, sin duda, la crítica constructiva. Una actitud proactiva, que dirían algunos. Aportar, construir, colaborar. Muy útil, desde luego, para llevarse bien con todo el mundo, ya que todos ganan con ella.

El problema es cuando no hay nada que construir. O cuando lo que se está construyendo no sirve para mucho, no cumple con la función para la que fue teóricamente creado o supone simplemente “más de lo mismo”. A lo mejor es mejor a veces no construir…

Y lo peor de esta modalidad de crítica es cuando en realidad lo que esconde es una suerte de inmovilismo, una especie de cobardía o miedo a desentonar, una inoperancia o incapacidad para promover cambios reales. Cuando lo que verdaderamente pretende es “no molestar” o no crear discrepancias o, llanamente, “mantener el consenso”.

La última de las formas de crítica es la proscrita. La antitética crítica destructiva. No me refiero al insulto, a la crítica personal, al escupitajo en el ojo, a la soez falta de argumentos. Me refiero a la manifestación abierta de la discrepancia con el ánimo de molestar al que no hace lo que debe hacer, de incomodar al que está tranquilamente sentado en el despacho o en el sofá cuando debería estar más bien dando el callo en la calle, de romper barreras o desmontar mitos, de ponerlo todo “patas arriba” si hace falta. La que nace con vocación de cambiar y de movilizar. Se puede hacer con elegancia o gritando, con una sonrisa en la cara o con una mueva de sarcasmo, abiertamente o con indirectas, en público o en privado. Pero la crítica destructiva, cuando no hay nada que construir o lo que hay no vale la pena ser construido, señores, ¡es necesaria!

A los que la practican, muy pocos en nuestro país, dicho sea de paso (hay que ser muy muy bueno para hacer una buena crítica que cumpla con estos principios), se les debería proteger, las plazas debían tener monumentos dedicados a sus memorias y hazañas, porque hacen más bien que mal. Pero me temo que el efecto que producen en la mayoría de nosotros es más bien lo contrario: matar al mensajero es la norma. Callar al que critica es lo habitual. Y si es posible, culpabilizándolo, criminalizándolo o simplemente haciéndole el vacío.

(Foto: Haciendo fotos a oscuras durante el festival Crítica Urbana en la Tabacalera de Lavapiés, por Brocco Lee)


“Señor paciente, es usted pre-enfermo”


Desde hace unos pocos años, la preocupación de muchos médicos (y mucha más gente) no es ya tratar la enfermedad, sino anticiparse a ésta. Una de las traducciones clínicas de este principio es redefinir las enfermedades, de manera que se pueda considerar a una persona como enferma (o en riesgo de serlo) sin ni siquiera tener síntomas, con la idea de actuar precozmente y evitar las complicaciones posteriores.

Lo esperable es que si somos catalogados, por ejemplo, como “pre-hipertensos”, nos quitemos la sal de las comidas, nos pongamos a hacer dieta y ejercicio, moderemos el consumo de alcohol, vayamos al centro de salud o a la farmacia a tomarnos la tensión cada dos por tres, etc.

Pero al mismo tiempo, tener la etiqueta de “pre-enfermo” puede ocasionar problemas: el principal es sentirse enfermo sin serlo. La preocupación por la salud es un signo de mala salud, decía Petr Skrabaneck, ¿no es cierto?

Pongamos ambas cosas en una balanza. La lógica nos lleva a pensar que sería una barbaridad no prevenir, no anticiparse a la enfermedad. Pero, ¿y si no aportara nada?

Unos investigadores de la universidad de North Carolina se han hecho a sí mismos éstas preguntas: ¿Cambiamos nuestros hábitos por el hecho de que estemos en una situación de padecer hipertensión arterial? ¿Le hacemos caso a los médicos? ¿Nos sentimos más enfermos por tener la etiqueta de “pre-enfermos”?

Para ello, compararon dos grupos de pacientes prehipertensos elegidos al azar, de los que uno de ellos había recibido la etiqueta del diagnóstico y a los otros no se les había dicho nada. Ambos grupos recibieron consejos sobre cómo prevenir la hipertensión arterial. Al cabo de 3 meses, se medía cómo de sanos se sentían los pacientes y si habían o no cambiado sus hábitos de vida (dieta, ejercicio, consumo de alcohol).

¿Qué resultados obtuvieron? Pues que el saberse pre-enfermo no hacía que los pacientes se tomaran más en serio que los otros las recomendaciones para modificar su estilo de vida, pero tampoco se sentían por ello más enfermos. O sea, que a la mayoría les es indiferente.

¿Por qué sucede ésto? Las personas que reciben la noticia de que están en situación de riesgo de padecer una enfermedad crónica (o en sus fases iniciales) recurren a varias estrategias psicológicas para poder afrontar esa nueva situación. Una de ellas sería la negación: tener tensión es malo para la salud y provoca problemas, pero eso a mi no me va a pasar. Otra, la normalización: todo el mundo de mi edad tiene problemas de este tipo, no debe ser entonces algo tan malo. Y por último, la acomodación: empecé a tomármelo en serio, doctor, pero en seguida me canso de tanta “vida sana”. Por tanto, aunque para muchos médicos pueda ser interesante comenzar a tratar precozmente el estado-de-riesgo de estar-en-riesgo de padecer problemas, para la mayoría de las personas la vida, simplemente, sigue.

Aún así, no cejamos en nuestro empeño de medicalizarlo todo. Si hacer dieta y ejercicio y esas cosas son, ciertamente, un coñazo, y además, como vemos, los pacientes (con sentido común) siguen haciendo una vida normal y no adquirieren esos “hábitos saludables”, pues arreglemos el tema a pastillazos.

La excusa ahora es buscar la “comodidad” del paciente. Como bien reseña el periodista Ray Moynihan en un reciente editorial de la revista BMJ titulado “Who benefits from treating prehypertension?” (¿Quién se beneficia de tratar la prehipertensión?), lo que se va a llevar a partir de ahora, según los expertos (pagados por los laboratorios), es fabricar medicamentos para personas prehipertensos que no quieren cambiar sus hábitos de vida. No obstante, ciertos estudiosos apuntan que es algo ya “factible“…

¡Por fin hemos desvelado el secreto: el empeño de buscar pre-enfermos es para vender medicamentos! ¡Me lo temía!

😉

Que usted lo sepa, señor paciente: usted no está sano, está preenfermo.

(Foto: Blood pressure, de Andreas D.)


¡A sus órdenes, señor especialista!


Extracto de un informe aportado por un paciente minutos después de abandonar la consulta del especialista hospitalario. Nótese la forma verbal empleada: “realizará”, “iniciará”, “subirá”. Por supuesto, ni el electrocardiograma ni las recetas se hicieron en la consulta del hospital, sino en el centro de salud.

En este “volante” que entregan en el hospital a los pacientes que se van a someter a un procedimiento de cirugía ambulatoria, podemos leer que el especialisto (perdón, quise decir “especialista”) suaviza su tono “rogándonos” que hagamos lo que ya solemos hacer (a veces por de más): controlar a nuestros pacientes. Pero en seguida retoma la disciplina militar para “recordarnos” nuestro papel princeps en el sistema sanitario: hacer de meros escribientes, en este caso para hacer las recetas de los medicamentos.

Comentario aparte merecería (de no ser por el hastío que me producen estos sucesos) la recomendación, en ambos documentos, de fármacos con marca concreta (en negrita, para que no “olvidemos” recetarlos tal-y-como-nos-mandan nuestros “superiores”), toda una medida coherente con la política de uso irracional de medicamentos que tan de moda está.

A veces dan ganas de dejar este trabajo y ponerse a barrer las calles, profesión a veces mil veces más digna que la de hacer los papeles y las tareas que a los demás “compañeros” no les da la gana de asumir. En fin…


Innovaciones tecnológicas 2.0 aplicadas a la salud, una aproximacion crítica


Hace unos meses, Luis Palomo, médico general, amigo y coordinador de la unidad de formación e investigación de Cáceres, me pidió colaborar en la revista Salud 2000, órgano de difusión de la Federación de Asosicaciones en Defensa de la Sanidad Pública (FADSP) que él dirige. En la revista suele escribir gente de un claro signo político con el que me identifico (no tengo reparo en decirlo), y de mucho prestigio en nuestro país. Por tanto, reconozco que tuvimos que emplearnos a fondo para poder estar a la altura.

Colabora en el artículo Laura, como no, compañera del alma y de aventuras.

El tema que escogió Luis es el de las luces y, sobe todo, las sombras de todo lo que se ha dado en llamar la “era 2.0“. Mucho se está hablando del tema, y posiblemente casi todo en tono positivo, así que era momento de hacer una lectura crítica.

Debemos mucho de lo escrito a mucha gente que seguimos, como Juan Gérvas, Rafa Cofiño, Rafa Bravo y Julio Bonis. A ellos va dedicado este artículo y la presente entrada.

Extraemos un trozo que es, a nuestro juicio, una de las piedras angulares de toda esta movida de las redes sociales: la brecha digital, su agrandamiento y sus posibles implicaciones en términos de la provisión de servicios sanitarios.

Que os aproveche.

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En el ámbito de la sanidad la brecha digital adquiere nuevas dimensiones. Las personas que consumen más información en salud a través de Internet son, paradójicamente, más jóvenes y más sanas . Buscan sobre todo información sobre hábitos saludables para mantener su buena salud (la más consultada y de mayor volumen), o para complementar la información que proveen los profesionales sanitarios, y se mueven en las redes sociales con naturalidad. Por el contrario, las personas mayores, de mayor comorbilidad y por tanto mayores necesidades en salud, son las que menos posibilidades y más barreras presentan para acceder a la información en salud a través de Internet, ya sea por limitaciones físicas (dolores posturales, problemas visuales, de memoria), familiares o socioculturales. Su ritmo de incorporación a las ITICI-AS es muy lento, lo que no evita que en los lugares donde la apuesta por reducir las brechas y barreras se estén dando pasos para que estas personas se puedan beneficiar de las mismas.

A medio camino entre ambos extremos de la vida están las personas de mediana edad, activas e independientes, que comienzan a presentar problemas de salud o han experimentado (ellos mismos o familiares cercanos) enfermedades graves. Son, quizá, el grupo más emergente y que mayor actividad presenta, no sólo demandando información sino participando en las comunidades virtuales de apoyo a pacientes como apomediarios. Suelen agruparse en asociaciones más o menos formales, y han adquirido protagonismo social y capacidad de influencia sobre la toma de decisiones políticas, demandando mayor atención sobre sí mismos y una visión más integradora y participativa en la asistencia sanitaria. Asimismo, estos grupos están convirtiéndose en particulares objetos de deseo de empresas tecnológicas e industria farmacéutica, constituyendo un potencial foco de actividad comercial donde plataformas virtuales compiten con productos de telemonitorización y encuentros de e-pacientes. Muchos profesionales sanitarios y asociaciones profesionales han visualizado el panorama con rapidez y se sienten ávidos a participar en las ITICI-AS, aún a costa de cambiar el rol de mayor control y poder que tradicionalmente poseían por un papel de apomediario. Si tenemos en cuenta de que tanto la infraestructura como la demanda de información y de comunicación es mayor en personas con menores necesidades en salud, centrar el foco de actividad de los profesionales en estos menesteres contribuiría a agrandar las desigualdades en salud, lo cual afianzaría la temida ley de los cuidados inversos enunciada por Julian Tudor Hart en 1971.


Pequeños cambios en la consulta: transparencia y análisis


Ahora que agoto unas minivacaciones hago balance del poco tiempo que llevo en la consulta. En este mes y medio han pasado muchas cosas. En ocasiones me he sentido cómodo y relajado, a veces agobiado por una demanda desmesurada y exigente, por momentos he tenido que dar lo mejor de mi mismo para intentar solucionar los muchos problemas que los pacientes planteaban y que el propio funcionamiento de una consulta como la que he heredado ha ido desvelando.

Dos de las cosas que me propuse desde los primeros días eran 1) conocer a la gente y que la gente me conociera a mi, y 2) intentar estar expectante, observar y analizar lo que en la consulta sucede.

Para lo primero he tenido que actualizar y revisar las historias clínicas de muchos pacientes, relacionar caras con sucesos y visitas, conectar parentescos entre personas (algo complejo en un pueblo con mucha endogamia), intentar fijar el máximo de información relevante en el cerebro para no perder el hilo del día a día. Pero hay una asignatura pendiente: los pacientes aún no me conocen. Ni mi forma de trabajar, nueva para ellos (“cada médico es un mundo”), ni mi forma de ser. Ni quién soy, de dónde vengo o qué es lo que quiero hacer en la consulta.

Muchos, atrevidos, me preguntan: “¿De dónde viene usted?”. La enfermera, que lleva muchos años allí y conoce a todo el pueblo, me dice que esa el sólo la primera pregunta; la próxima será si estoy o no casado y con quién, y a ésta sucederán probablemente algunas más. Hasta que poco a poco, con el tiempo (si nos lo permiten los traslados y oposiciones) nos iremos conociendo, supongo.

Pero he decidido anticiparme, y darme a conocer (soy así de impaciente, qué le vamos a hacer). Y para ello, nada mejor que hacerlo por escrito. Una medida de transparencia, dirán algunos. Algo tan simple como entregar, a partir de mañana, un díptico en el que trato de explicar quién soy, de dónde vengo, en qué he trabajado antes, cómo me gustaría trabajar con ellos. Para redactarlo me he basado, es justo decirlo, en dos experiencias previas, como son la del Dr. Gérvas y del Dr. S. Casado (¡gracias a ambos!).

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Para lo segundo, tendré que poner las dos orejas y los cuatro ojos en lo que me rodea. Pero no basta. En las próximas semanas, si las condiciones me lo permiten, espero poder hacer un análisis cualitativo de la demanda asistencial y una videograbación de un día de consulta. Dos formas de ver qué sucede  (¿lo hago bien?, ¿en qué puedo mejorar?, ¿qué cosas pasan por mi consulta?, ¿cómo reaccionan los pacientes cuando les informo o trato de ayudarles?, etc.) y analizar por dónde meterle mano a todo este tinglao en el que me he metido. Ya os iré contando qué sale de todo esto…


Ideas vacías que no cambiarán nada


Muchas veces, las ideas fluyen en formato post, promoviendo pensamientos efímeros, como slogans, con fecha de caducidad, para públicos carentes de tiempo de atención y por ende sin capacidad para la reflexión madura. Se vive, se consume y se piensa en formato beta, un tipo de pensamiento de corto alcance que dificulta distinguir entre conocimiento y ruido.

Hugo Pardo Kuklinski. Un esbozo de ideas críticas sobre la web 2.0.

A propósito de las ideas que hay que diseminar (TED y TEDMED).