Post or perish?


Hace 4 años y medio escribí mi primera entrada en un blog. Dicen que los blogs se parecen, como los perros, a sus dueños. Pero éste no era mío personal, así que, aunque me veo reflejado en la mayoría de lo que allí escribí, no fue hasta que comencé en saludyotrascosasdecomer cuando me comencé a sentir como yo soy.

Al principio hacía esto de escribir en un blog por pura diversión. Como una forma creativa de pasar el rato. Pero poco a poco comencé a tachar más cruces: que si me  ayuda a estar actualizado, a leer y aprender, que si me sirve para encontrar almas gemelas o simplemente compañeros con los que pasar virtualmente un rato tomando cervezas imaginarias, que si me permite compartir y generar conocimiento, que si es una forma de activismo, como una especie de barricada en donde pertrecharme ante las situaciones injustas e indignas de la vida y del mundo que me ha tocado o que he elegido vivir, como es el mundo sanitario, etc.

Como diría una chica que una vez conocí en Córdoba: ¡PATRAÑAS! Puro ego. Quien escribe en un blog lo hace básicamente para alimentar su ego. Lo puedes disfrazar de mil maneras diferentes, pero en definitiva se trata de YO y YO, y en tercer lugar YO.

Pero esa no es la única cuestión. Resulta que luego te metes en una espiral de publicar y publicar, hasta que te encuentras opinando de todo, con o (la mayoría de las veces) sin crédito. Sin quererlo te conviertes en un infoxicador más. Casi como el de este chiste. Y, como quien habla de mucho y muchas veces, la mayoría de las cosas que uno puede hablar en un blog son totalmente PRESCINDIBLES. Y, lo que es peor: la capacidad de ser original es inversamente proporcional al número de entradas que publicas al mes. Ni el propio Julio Bonis se escapa a esta lógica. Lo que quiere decir que en cuanto revisas el archivo el hartazgo de ver que casi todas las entradas giran en torno a los 3-4 temas de siempre es indigerible.

Y (digo ésto exagerando, como buen andaluz, pero lo hago para que me entendáis) te ves un buen día que no puedes dormir porque estás dándole vueltas a una entrada que tienes en la punta de la neurona. O como vacío por no haber publicado nada ese día. O decepcionado porque la entrada que pensabas que había sido demoledora no la ha leído ni cristo. O contrariado si alguien te critica sin tú saber porqué. Y lo divulgas en twitter, y en facebook, firmas tus correos electrónicos con los links de tus blogs, y te metes a hacer comentarios en blogs ajenos para ver si así, siguiendo tu huella, consigues arrancar un puñado de entradas diarias más.

Y te llaman de la radio, y en quince días te hacen dos entrevistas en las que te repites más que una papilla de pepinos sin E. coli. Y te conviertes un día en una especie de gurú de “esto de la blogosfera sanitaria” y al año siguiente, por haber sido algo crítico en alguna ocasión, te encasilllan en el lado de los “anti-gurús”. Curiosa esta dialéctica de “los buenos” y “los malos”. Ahhhh!

Y te reclaman para participar en unas jornadas porque han leído algo en el blog que les ha gustado a los locos de la organización. O te ves escribiendo artículos para revistas o libros por el mismo motivo. Y comienzas a decir que no a congresos blogosféricos y demás eventos adláteres.

Y descubres que tu blog a veces tiene vida propia, que en realidad lo que has hecho es crear un monstruo que sólo se contenta con más y más entradas. Como quien va a un restaurante caro y le sirven no más que platitos minúsculos, lo único que deseas es pasar la página, comerte la nueva entrada, sin darte apenas cuenta de que es tu propio blog el que te está comiendo, el que se alimenta de tí. ¡Maldita obsolescencia bloguera! ¡Maldita leyenda 2.0! ¡Malditos 140 caracteres!

Y, lo que es incluso peor, lo peor de todo: que ya no te diviertes como al principio…

Y un día te paras y te haces de verdad la pregunta que lleva mucho tiempo rondando la cabeza:

¿Sigo o no sigo? To post or to let it perish? Esa es la cuestión…


Por una blogosfera sanitaria libre


Cuando se cumple ahora casi un año del #1CBS y estando cerquita de su segunda edición, el debate sobre la financiación del congreso vuelve a la escena. Ya el año pasado hubo comentarios, algunos de ellos un tanto obscenos y poco afortunados (“habéis puesto el culo para que os la meta la industria”, y similares), otros muy oportunos ya que obligaron al comité organizador, entre los que estaba yo, a dejar las cosas claras.

Pero en este último año, señores, el panorama de la blogosfera ha cambiado. La blogosfera ha perdido la virginidad. Y no sólo, desde luego, por la saga de los #CBS. Ya en el primer congreso blogosférico se pudo percibir el gran interés que había en este fenómeno: muchos curiosos que buscaban la forma de poder sacar tajada, aunque fuera pequeña, en este pastel (o bizcocho-burbuja) hicieron los contactos oportunos y establecieron las alianzas que les han permitido sacar ventaja sobre otros competidores. Ahora proliferan las agencias de comunicación que intentan colarte gratuitamente en tu blog una nota de prensa bajo el pretexto de divulgar “información relevante en salud”, llueven las ofertas para intercambiar links (una forma muy cutre e inocente de buscar promocionarse), las plataformas que intentan agregar contenidos ajenos sin aportar nada propio y poder empaquetar un producto vendible a las agencias publicitarias (no os perdáis los comentarios de esta entrada, por favor), las consultoras que contactan con los nuevos influyentes para que generen algo que solemos hacer muy bien como son las ideas a un precio generalmente irrisorio o con falsas promesas de copar puestos al lado de los dioses del olimpo, y mil y una estrategias para repartirse el pastel del conocimiento colectivo (o de cómo engañar a un iluso bloguero para que trabaje para ti a cambio de darte “visibilidad”, “reputación” e incluso cierta “fama”). Y lo peor de todo, es que hay algunos que han caído en la trampa, de alguna u otra manera (incluso yo mismo alguna vez, lo confieso). ¿De verdad que somos tan tontos?

Y ha cambiado también porque hay bloques muy bien definidos entre los más críticos y los buenrollistas, de manera que la distancia entre ambos parece cada día más insalvable. Y ha cambiado porque las grandes multinacionales de las telecomunicaciones y las tecnologías sanitarias están asomando y tratando de actuar de imanes silentes que atraer talento dispuesto a ejercer de apomediadores de pacientes empoderados (¡qué palabros, verdad! Palabros para un mundo pretendidamente 2.0 que actúa como 1.0 y, sobre todo, parte de los mismos esquemas pero con un envoltorio virtual). Y ha cambiado por que está comenzando a dar visos de perder su esencia y su frescura. Y ha cambiado porque hay demasiada gente con espíritu vouyerista pendiente de ella, como quien ve los toros desde la barrera. Y ha cambiado porque hay demasiadas manos manoseando y pretendiendo manipularla.

Señores. El río de la blogosfera está revuelto, y algunos pescadores se van a poner las botas. Y otros, como bobos, mirarán para otro lado, probablemente a la luna.

Si alguien aún cree en esto de la blogosfera sanitaria tal y como había sido hasta ahora, debe, con fuerza, gritar POR UNA BLOGOSFERA SANITARIA LIBRE (y a ser posible, libre de humos, por favor). Y si no, a otra cosa, mariposa.


Participación


Hace ya tiempo que tuve que renunciar a leer un libro de corrido. A lo máximo que puedo a aspirar, al menos por ahora, es a leer a chispazos. Abrir un libro por una página cualquiera, y dedicar 5, diez minutos, como mucho.

En una de estas lecturas relámpago, de éste libro, pude leer el siguiente pasaje:

Aronson describe la interacción en el aula que tuvo ocasión de observar entre una profesora y sus estudiantes a lo largo de varias semanas. La llamó la atención el que los alumnos reaccionasen de forma diametralmente opuesta a las preguntas que la profesora planteaba a toda la clase. Un grupo reducido de estudiantes (entre seis y diez) levantaban siempre la mano mostrando su deseo de responder a las preguntas. Frente a ésto, muchos alumnos hacían exactamente lo contrario: desviaban la mirada, como si quisieran hacerse invisibles, como si tratasen de refugiarse en la evitación del contacto visual con la profesora para conjurar el peligro de tener que responder ante toda la clase.

Subraya el autor que la profesora iniciaba el curso con la firme decisión de tratar a todos los estudiantes por igual y de alentarle a todos a dar lo mejor de sí mismos. Sin embargo, el procedimiento de lanzar preguntas a toda la clase consigue, indirectamente, que los propios estudiantes se autoasignen a grupos diferentes. El grupo de los entusiastas, el de los estudiantes siempre deseosos de contestar a las preguntas de la profesora y activos participantes en la marcha de la clase, que se caracteriza por sus buenas notas en los exámenes, es muy gratificante para la profesora. Ésta corresponde a su esfuerzo con alabanzas y palabras de aliento, consciente de que depende de ellos mantener el buen ritmo de la clase.

A los alumnos que no destacan precisamente por su entusiasmo a la hora de contestar a las preguntas de la profesora les aguarda un futuro muy diferente. Al comienzo del curso, la profesora les intentó involucrar en la marcha de la clase, por tras verse frustrada una y otra vez por su falta de participación, tomó la decisión de ignorarles. La profesora se autojustificaba pensando que, de esta forma, respetaba su negativa a participar y no les exponía al ridículo delante del resto de los estudiantes. Tal vez no era consciente de que, al mismo tiempo, acrecentaba todavía más la diferencia entre estos dos grupos de estudiantes.

Inmediatamente me he acordado de mí mismo, porque de alguna forma yo también, cuando actúo como docente, hago lo mismo, sin darme cuenta, que esta profesora.

Y también me he acordado de las tecnologías e-Health o de Medicina 2.0, al las que se le suponen una serie de atributos teóricos entre los que está la participación y la colaboración.

Al igual que a la profesora del pasaje del libro, a la e-medicina le puede estar pasando algo similar. Suponer, sobreentender. Equivocarse, en definitiva, con el agravante del engaño a sí mismo (y a los demás). Los atributos teóricos de la Salud 2.0 han de ser demostrados. Y por ahora, mucho ruído pero pocas nueces.

[Foto: Asamblea al Sol (18M), por Javi S&M]


Receta electrónica en Extremadura: un pasito p’alante y otro p’trás


Hace más de 2 años que se implantó definitivamente la receta electrónica -RE- en Extremadura. Lo que inicialmente se vendió como un hito histórico, sin parangón en nuestro país, una suerte de marcha triunfal, ha ido poco a poco convirtiéndose en algo más parecido a una cumbia, con sus pasitos p’alante (innegables) y p’trás (incontables), o quizá más bien a un baile de torpes trastabillando sus pies al son de la música.

A los colapsos iniciales de la red (parejos a los que cotidianamente se siguen viendo en el sistema informático que sostiene la receta electrónica), hay que sumar el incremento en el gasto farmacéutico que supuso su implantación sin haber previamente instado a actualizar y depurar los listados de medicación crónica, lo que implicó un acaparamiento innecesario de medicamentos en los hogares (con el consiguiente problema de seguridad que esto puede llevar consigo).

Pero los problemas del día no salen en los periódicos. ¿Ejemplos?

  • Que no se puedan incluir en la RE los colirios, jarabes y muchos medicamentos que se administran “a demanda” hace que muchos pacientes igualmente tengan que pedir cita para que se les haga periódicamente el cupón-descuento.
  • Un buen día se decidió quitar de la RE un buen número de marcas comerciales, y poco a poco ha habido que cambiarlos por principios activos: al menos esta vez sí fuimos avisados por vía interna del cambio, de manera que no nos pillaba de sorpresa cuando al renovar estos fármacos en la RE el sistema nos lo impedía.
  • No ocurrió lo mismo días más tarde de la decisión de retirar las 7 marcas de oro: un error de los técnicos informáticos en la programación automática de las fechas hábiles para retirar los medicamentos de la farmacia provocó que los medicamentos incluídos en las RE realizadas “de novo” entre noviembre y diciembre del año pasado se “fugaran”, como por arte de magia, de los terminales de las oficinas de farmacia. Dicho suceso provocó un aluvión de consultas en las que el usuario, que ya venía con los humos subidos de la farmacia, venía a que les quitáramos la receta electrónica. A muchos de los que le deshicimos la RE en esas fechas aún no hemos podido convencerles de que aquello fue algo coyuntural, que “ya sí que funciona”… La falta de comunicación oficial del error provocó las iras de muchos compañeros, y el desencanto de unos ciudadanos a los que la tecnología ya no fascina.
  • Por si no fuera poco, otro “error” provocó que, de repente, los pañales “desaparecieran” de los listados de medicación crónica (ya sea de RE o receta tradicional). Pocos días después notificaron del problema, pero el mal ya estaba hecho. Ha habido que renovar todos y cada uno de los tratamientos absorbentes, uno por uno, con el agravante de que había que expedir nuevos informes para solicitar los visados de inspección que estos pañales precisan para poder expedir las recetas. Cuando uno comete un fallo le toca a él mismo reparar los daños: en este caso hemos vuelto a ser los médicos los que hemos tenido no sólo que dar la cara, sino también que arreglar el desaguisado. En ningún momento hemos recibido ni disculpas ni explicaciones al respecto.

Pero la cosa no queda ahí. Ahora se da un nuevo paso cambiando la receta electrónica en papel por el sistema de memorización en el chip de las nuevas tarjetas sanitarias. Se ha dado a entender que el nuevo sistema suponía la forma definitiva de prescripción, y que el papel de las recetas iba a desaparecer. Pero no se dejen engañar. Es aplicable sólo al mismo tipo de medicación -crónica- que hasta ahora con la ER, y no, a cualquier otro tipo de medicación. En pleno siglo XII seguimos aún con montañas de recetas rojas y verdes, señores…

Además, no todos los usuarios del SES disponen de la nueva tarjeta, no, o bien éstas son en ocasiones defectuosas, con lo que diariamente nos encontramos con pacientes a los que nos vemos obligados a deshacerles la receta electrónica. Algo que se podría haber perfectamente evitado si hubiesen podido mantenerse ambos métodos de prescripción hasta la definitiva y total cobertura de la nueva tarjeta sanitaria. Un nuevo paso atrás. A algunos pacientes les hemos cambiado, por este tipo de problemas extra-asistenciales, hasta en 3 o cuatro veces la receta electrónica.

Por supuesto, no todo ha sido negativo. El que ya no sea necesario ir al médico para conseguir todas las recetas del mes al menos conseguirá que el centro de salud ya no sea el gran centro social que ha sido hasta ahora. Pero de ahí a tener resuelto el desafío cotidiano de la e-receta va un trecho.

En esto, como en otras muchas cosas, Extremadura ha sufrido muchos cortocircuitos que hen terminado chamuscando a más de uno.

(Foto: “Danger, do not touch“, de LaFruU)


Transparencia, sí gracias


Hablar de que la industria farmacéutica influye en los médicos no es decir hoy día nada nuevo. Este tema se ha analizado en multitud de ocasiones. Hasta tal punto que muchas organizaciones, como No Gracias, defienden un nuevo modelo de relación basado en la transparencia y la independencia profesional.

Una de las medidas más controvertidas para asegurar la transparencia sería la elaboración de un registro público y abierto, que se actualizara periódicamente, en el que se expliciten las relaciones económicas y financieras con las compañías farmacéuticas. Tanto para personas individuales como para asociaciones profesionales. Así lo pide un informe de la Fundación Kovacs y la Organización Médica Colegial, la sociedad española de salud pública y administración sanitaria (SESPAS) y la propia No Gracias (nodo de Murcia).

Pero yo iría más allá. La influencia de aseguradoras, mutuas, empresas tecnológicas e industria alimentaria es cada vez mayor. El negocio de la salud se está diversificando y ampliando, y aunque las citadas no tienen la misma capacidad de influencia que las multinacionales farmacéuticas (mueven menos dinero…), las técnicas de mercadotecnia son las mismas y la potencial capacidad de interferir en la toma de decisiones clínicas idéntica. Por tanto, los vínculos económicos y financieros con estos otros sectores deben ser también explicitados.

También se deben poner de manifiesto “pecados menores”, como la invitación a un congreso, porque en ocasiones no son tan “menores” como se dice. Esto quizá incomode a muchos compañeros, pero es su problema: lo siento. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. No se trata de ser más puro que nadie, se trata de dejar claro quién es quién.

Aunque para ser justos también hay que pedirle cuentas a los que nos dirigen y gestionan: políticos y gestores sanitarios también deberían exponer públicamente sus relaciones económicas con la industria, y el régimen de incompatibilidad en los altos cargos decisorios deben ir más allá de lo actualmente establecido para evitar que el fenómeno de puertas giratorias inunde a los sectores que se lucran de la sanidad de personas cuyas agendas de contacto e influencia en la administración sanitaria haya sido determinante.

Lo que hay que determinar es cómo y hasta qué punto llevar a cabo los registros de las relaciones económicas con los agentes del mercado de la salud. Pero que haya o no que hacerlo debería ser algo fuera de discusión. La sombra de la sospecha planea…

Gracias a Pepe Martínez y a Paco Camarelles.


Cadena de despropósitos en la coordinación primaria-hospital


Que quería.

Pues mire, que me de un volante para el especialista de la vista para que revise.

Pero, no entiendo. Si es una revisión, ¿porqué habría de darle yo un volante?

Pues porque me dijon (dijeron, en serradillano) que fuera cuando quisiera, que sólo tenía que venir a usted a que me diera el justificante.

¿Y porqué fue al especialista? ¿Qué le dijeron que tenía usted en la vista?

No sé.

¿No le dieron ningún papel, ningún informe?

No.

Entonces, ¿qué problema tiene usted?

¡Ah, no sé, usted sabrá, para eso es médico!

Ya, pero yo es la primera vez que lo veo.

Me meto en su historia clínica electrónica, y, como era de esperar, no hay registrado nada. Busco la de papel, y tampoco. Le digo a la administrativa que busque en su historial de citas, y ni rastro.

Al final, le hago un volante con sólo dos palabras: solicito revisión.

Resultado del encuentro clínico: paciente cabreado-volante hecho; médico cabreado-tiempo perdido.

(Foto: Broken chain, por kruemi)


Las tijeras romas que dejan huella


Durante mi primer año de formación, en la rotación por medicina interna por un hospital de crónicos ya desaparecido, conocí a una internista muy peculiar, Luisa, cuya máxima obsesión era meter la tijera en el listado de los medicamentos de los ancianos que pasaban a su cargo.

Los primeros en caer eran siempre las estatinas. Yo había estado trabajando como becario en una unidad de lípidos y me encontraba iniciando una tesis doctoral experimental sobre las mutaciones genéticas que aumentaban la susceptibilidad a la oxidación de las lipoproteínas (ni que decir tiene que no terminé dicha tesis). Frecuentaba congresos sobre los grasos elementos, y no oculto que simpatizaba con la causa del colesterol.

Por extensión (no sólo se trataba de los hipolipemiantes) ahora puedo decir con mucho pudor que yo era (y me temo que aún SOY) un agente medicalizador, y por tanto, la estrategia farmacoctomizadora de Luisa me parecía una aberración.

Pero claro. Poco a poco fui entendiendo que, a pesar de lo que nos dicen, no todos los medicamentos deben ser de por vida; que aunque se esgrimen argumentos científicos para mantener el uso de medicamentos “preventivos” en el anciano hasta el último momento, la mayoría de las veces hay pocas o ninguna evidencia para su utilización en esas edades, ya que los ensayos clínicos suelen hacerse en personas con menor edad; que hay momentos en la vida, cuando ésta llega a su ocaso, en que los objetivos terapéuticos se modifican y ya no tiene ningún sentido mantener la estatina a un anciano inmovilizado o un bifosfonato a una persona mayor que está confinada a su catre; que la medicación no sólo es una cuestión clínica, sino que ha de ser considerada dentro de un contexto personal, familiar y social; que significación estadística no guarda siempre paralelismo con relevancia clínica; que muchos medicamentos producen más problemas que beneficios; y que, por último, quitar los medicamentos que no tiene sentido mantener al final de la vida no sólo no mata, sino que puede ser hasta bueno.

Luisa, estés donde estés, gracias… Aunque he tardado mucho en darme cuenta de lo valioso de tus enseñanzas, nunca es tarde si la dicha es buena, ¿no?

(Foto: Drugs, por Mikl Roventine)


De los instintos, las hipótesis, los encuadres y los médicos como balas


La toma de decisiones clínicas está gobernada por criterios racionales, por los hechos científicos, las observaciones objetivas y los datos empíricos, pero sería una gran mentira ocultar que los médicos nos guiamos también por la intuición. Como personas que somos, “no nos movemos sólo por los hechos, sino por lo que pensamos (e intuimos) acerca de los hechos“.

Según el modelo clínico emotivo-racional, los médicos, ante un reto o situación clínica, en seguida, a los pocos segundos de comenzar la consulta, ya solemos tener una idea de lo que le pasa al paciente, e incluso del tratamiento que le vamos a recomendar. Gran parte de lo que sucede después es con el simple fin de confirmar o descartar esta primera hipótesis. Y como tengamos poco tiempo para atender a los pacientes como debiéramos, esta segunda fase es corta y veloz, como las balas de un revólver de John Wayne.

Esta peculiar forma de automatizar las decisiones clínicas como es lógico se afina con la experiencia, de manera que en pocos años podemos desarrollar un “instinto clínico” agudo que nos lleve a ser muy eficientes en las consultas: alto porcentaje de aciertos en consultas rápidas. Sin embargo, a veces el instinto nos juega malas pasadas…

Hace unas semanas, un chico que no llegaba a los 20 años vino a contarme que se encontraba mal. Tal como comenzó a describir los síntomas lo primero que pensé fue que tenía gripe. Pero había tenido vómitos, y le molestaba un poco la boca del estómago. Así que, además de verle la garganta y auscultarle el pecho, también le toqué la barriga. Para mi sorpresa, le dolía mucho en la fosa ilíaca derecha, y tenía un aparente signo del rebote. No tenía fiebre, ni dolor espontáneo en esa zona, pero no las tenía todas conmigo. Me paré un segundo a pensar. Le aconsejé que se fuera al hospital. A las pocas horas ya estaba operado de una apendicitis aguda.

La semana pasada, una señora sin ningún antecedente reseñable, me vino a comentar que “el resfriado no se le había quitado en todo lo que llevamos de inverno”. “Que me ahogo mucho”. “Nada, un broncoespasmo sin importancia”, pensaba. Venía su hija acompañándola. “Yo le digo que resfriado no será, si lleva tanto tiempo…”.

Tras auscultarla y un momento para reacomodarme, le dije: “efectivamente, de resfriado nada. Tampoco es de los bronquios, como pensaba inicialmente. Es una taquicardia, y el corazón le está fallando”. Le hice un electro, que confirmó la fibrilación auricular rápida; miro los tobillos, llenos de edemas que dejan huella. Pido anaĺitica, radiografía, el viernes se viene para hacerse el sintrom, que se lo vamos a tener que dar, también estas dos pastillas, una para orinar y otra para frenarle el corazón, que lo tiene un poco disparado. Mientras, mirada a los ojos: “Manuela, ¿está usted bien?” La cara de la persona a la que diagnostican una enfermedad crónica cambia. “Bien, claro, tiraremos p’alante, haremos lo que haya que hacer…”.

En los dos casos, el pararme a “ver” y “tocar” al paciente me hizo replantearme la hipótesis preliminar y reorientar el cuadro. En ambas ocasiones, afortunadamente, llegué a un diagnóstico totalmente diferente al que inicialmente había dado por cierto; y menos mal que así fue, porque no se trata de enfermedades banales. Tanto en uno como en otro tuve la suerte de disponer de un mínimo tiempo (y la cabeza despejada de agobios) suficiente como para pararme a reencuadrar el caso.

¿Qué pasaría en otro contexto diferente, en el que los pacientes se agolparan en la puerta, como si fuesen ganado, y no tuviera más de 5 minutos por visita? Imaginen ustedes…

(Foto: Mi ojo en macro, por Christian Javan)


Mensaje para residentes de pluma fácil


Queridos residentes de primer año de nuestro hospital de referencia:

Tras ver algunos informes que habéis firmado en solitario en las interminables guardias hospitalarios, os hago llegar esta reflexión que nunca os enseñará un adjunto de puerta:

Antes de pedir una prueba, decida lo que hará si el resultado es

1) positivo o

2) negativo.

Si ambas respuestas coinciden, no pidas la prueba.

Aforismo de Cochrane. Bloch A. Ley de Murphy para médicos. 2000.

O sea, que si recibes a un paciente joven y sano que únicamente acude por dolor torácico en el contexto de un cuadro catarral, no es preciso pedirle la troponina, ni el dímero D, por citar sólo un ejemplo. Igualmente, si están en planta de medicina interna no le pidas el PSA o el CEA o el colesterol “por protocolo” (¿qué protocolo?, habría que preguntar) a todo paciente ingresado.

De lo contrario, lo que le espera al paciente es ésto: iatrogenia y espirales diagnósticas peligrosas.

(los problemas) afloran cuando los doctores, en lugar de escuchar a los enfermos, solicitan exámenes ad nauseam, ya sea para esconder su incapacidad, para enriquecerse o para seguir los dictados de las grandes industrias y corporaciones hospitalarias. No es infrecuente, sobre todo cuando se realizan sin razones justificadas, que esos estudios causen daño –iatrogenia– o que se encuentren alteraciones que nada tienen que ver con el problema del enfermo y que seguramente serán motivo de nuevos exámenes y de la participación de más doctores en el estudio del enfermo. No en balde Molière utilizó en El enfermo imaginario su fina ironía: “¿Qué necesidad hay de cuatro médicos si con uno es suficiente para matar al paciente?” La espiral diagnóstica, aupada por las ofertas tecnológicas, puede no tener fin y sus resultados no ser necesariamente los adecuados.


La maldita marca


Muchas ocasiones, los pacientes acuden a nuestras consultas con una expectativa muy clara de que les demos una receta de un medicamento concreto. A veces esa expectativa sale con dificultad, casi al final de la consulta (el clásico “pues ya que estoy aquí…”), o tras la habilidosa puesta en marcha de técnicas comunicativas por parte del médico, y otras con mucho descaro. Pero cuando el paciente lo tiene claro siempre termina saliendo.

No suele haber problema cuando el médico y el paciente coinciden en que el medicamento puede ser útil o beneficioso, o cuando convergen tras una breve negociación. Pero cuando la petición del medicamento es considerado por el médico como improcedente suelen saltar las chispas.

Los expertos en comunicación suelen aconsejar no decir NO de antemano, y centrarse inicialmente en conocer y explorar de forma activa los motivos que conducen al paciente solicitar ese fármaco. Conocer los motivos que el paciente tiene para preferir una opción terapéutica favorece que se puedan ofrecer alternativas que puedan ser bien aceptadas antes de prescribir tal o cual medicamento. Como por ejemplo profundizar el estudio o consultar a un especialista, o simplemente comenzar con una opción no farmacológica y reservar el medicamento para más adelante si es preciso. Estas diferentes estrategias son analizadas en un estudio recientemente publicado en la revista Archives of Internal Medicine.

Pero, ¿qué pasa cuando la solicitud genera rechazo frontal en el médico? ¿Qué hacer cuando consideras que es un abuso y no encuentras ninguna justificación más allá del mero capricho? ¿Qué pasa cuando el derecho del paciente atenta con el principio de justicia distributiva? ¿Qué armas tenemos? ¿Qué amparo tenemos para decir NO ¡y no puede ser!?

Hace unos días una paciente vino a la consulta. El día de antes me había dejado un cartón de una marca comercial de un conocido analgésico para que le hiciera la receta. En vez de la marca le hice una receta del principio activo, y le expliqué por escrito que llevaba el mismo medicamento que lo que me pedía. Pero ella quería “ese medicamento” y no otro. “Ese que usted me hizo no me hace nada”. “¿Lo ha llegado a probar?”. “No, pero yo cuando le pida medicamentos quiero que me mande lo que yo le pida, y no lo que usted quiera”.

Medicamentos de autoconsumo, subvencionados con fondos públicos a través de cupones-descuento (recetas), para molestias aisladas del día a día de ciudadanos empoderados. Y encima de marca. Porque sí. Porque yo lo valgo. ¿De verdad queremos eso? ¿Necesitamos un licenciado en medicina y especialista en medicina familiar y comunitaria para hacer de escribidor de recetas?

Algunas veces los pacientes nos exigen cosas “porque ellos pagan su seguridad social”. Pero, claro, yo también pago impuestos. Y los medicamentos que esa señora toma también los pago yo con mis impuestos. La diferencia entre el precio de esa marca y lo que en la farmacia le dispensaron probablemente no mereciera la discusión, pero os juro que me sentí muy bien explicándole mi derecho a considerar que no estaba de acuerdo con su posición. Aunque al final cayera en la trampa y terminara recetándole la maldita marca…

(Imagen del libro “No Logo“, de Naomi Klein)