Del factor de riesgo al indicador de riesgo


El estudio de los factores de riesgo de las enfermedades ha centrado en gran parte no sólo la investigación en biomedicina en los últimos años, sino un porcentaje muy alto de las actividades dentro de los centros de salud. De esta manera, la práctica clínica ha pasado paulatinamente de tratar enfermos a tratar preenfermos, de atender pacientes a prevenir factores de riesgo definidos biométricamente (a veces hasta la extenuación o el ridículo). La mayor parte de la farmacopea introducida en los últimos años está dirigida a tratar estos factores.

Pero ya sabemos todos que los negocios en la salud no proceden sólo del tratamiento de las enfermedades. Un trozo enorme del papel son los medios diagnósticos. De esta manera, parece estar en auge los indicadores de riesgo, que Luis C. Silva define como “una característica significativamente unida a la enfermedad en su estadío preclínico, sin influencias en su producción“.

Este nuevo paradigma abre una puerta a todo tipo de análisis y pruebas hasta ahora no disponibles de forma habitual en los centros sanitarios, pero que al paso que vamos comenzarán a inundar los laboratorios de los hospitales. Ahora bien, una cosa es una prueba para complementar la historia clínica con el fin de llegar a un diagnóstico y otra muy diferente hacer un análisis para ver el grado de riesgo de padecer una enfermedad concreta. ¿Qué se consigue con eso?

Pongamos el ejemplo del cáncer de pulmón. O mejor dicho, el riesgo de padecer cáncer de pulmón. En los últimos meses, quizá por la moda introducida por la nueva ley del tabaco en nuestro país, han salido a prensa un par de noticias que me asombran por la inutilidad de la propuesta preventivista:

– Un nuevo test genético revela el riesgo de cáncer de pulmón de los fumadores

– La uña del dedo gordo del pie podría revelar el riesgo de cáncer de pulmón

En ambos casos las pruebas parecen tener vinculación estadística con el riesgo de padecer cáncer de pulmón, efectivamente, pero ¿qué cambia eso las cosas? Quizá yo, si tuviera pasta y si fumara y me sintiera mal por ello, me haría limar la uña del dedo gordo del pie derecho para ver el nivel de los depósitos de nicotina o me haría la prueba genética para ver si tengo, por casualidad, un riesgo bajo y por tanto seguir fumando a mi antojo sin que mi mujer, día sí día no, me recuerde que tengo que redactar el testamento. ¿Es ésto? ¿Necesitamos que una prueba nos diga lo que tenemos que hacer? ¿Necesitamos el apoyo de las tecnologías más punteras para sustituir los valores, las palabras, los consejos, los ejemplos?



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