Las tijeras romas que dejan huella


Durante mi primer año de formación, en la rotación por medicina interna por un hospital de crónicos ya desaparecido, conocí a una internista muy peculiar, Luisa, cuya máxima obsesión era meter la tijera en el listado de los medicamentos de los ancianos que pasaban a su cargo.

Los primeros en caer eran siempre las estatinas. Yo había estado trabajando como becario en una unidad de lípidos y me encontraba iniciando una tesis doctoral experimental sobre las mutaciones genéticas que aumentaban la susceptibilidad a la oxidación de las lipoproteínas (ni que decir tiene que no terminé dicha tesis). Frecuentaba congresos sobre los grasos elementos, y no oculto que simpatizaba con la causa del colesterol.

Por extensión (no sólo se trataba de los hipolipemiantes) ahora puedo decir con mucho pudor que yo era (y me temo que aún SOY) un agente medicalizador, y por tanto, la estrategia farmacoctomizadora de Luisa me parecía una aberración.

Pero claro. Poco a poco fui entendiendo que, a pesar de lo que nos dicen, no todos los medicamentos deben ser de por vida; que aunque se esgrimen argumentos científicos para mantener el uso de medicamentos “preventivos” en el anciano hasta el último momento, la mayoría de las veces hay pocas o ninguna evidencia para su utilización en esas edades, ya que los ensayos clínicos suelen hacerse en personas con menor edad; que hay momentos en la vida, cuando ésta llega a su ocaso, en que los objetivos terapéuticos se modifican y ya no tiene ningún sentido mantener la estatina a un anciano inmovilizado o un bifosfonato a una persona mayor que está confinada a su catre; que la medicación no sólo es una cuestión clínica, sino que ha de ser considerada dentro de un contexto personal, familiar y social; que significación estadística no guarda siempre paralelismo con relevancia clínica; que muchos medicamentos producen más problemas que beneficios; y que, por último, quitar los medicamentos que no tiene sentido mantener al final de la vida no sólo no mata, sino que puede ser hasta bueno.

Luisa, estés donde estés, gracias… Aunque he tardado mucho en darme cuenta de lo valioso de tus enseñanzas, nunca es tarde si la dicha es buena, ¿no?

(Foto: Drugs, por Mikl Roventine)


2 comentarios on “Las tijeras romas que dejan huella”

  1. Rafael Bravo dice:

    siempre hay gente con sentido común y visión como Luisa o Sloan, es difícil superar la inercia terapéutica-esta si es la verdadera inercia-pero debía ser una tarea que figurara en nuestras consultas.Por cierto que equivocada la estrategia que pretende sacar de las tareas del médico de familia la de control y prescripción de TODOS los medicamentos que toma el paciente

    • Enrique Gavilán dice:

      Coincido contigo, Rafa, debe ser el médico de familia el que lleve el control de las medicinas del paciente y de todo lo demás (derivaciones, etc.).
      Hablamos de los estudios-siembra que provocan los estudios postautorización observacionales de la industria, que inducen a la prescripción; hablamos del efecto de las muestras que los visitadores entregaban en las consultas; pero, como bien apuntas ¿no hace el mismo efecto la primera receta que el especialista emite en una consulta externa? La receta-siembra, habría que llamarla. Sinceramente preferiría un informe detallado con la SUGERENCIA de actuación del especialista hospitalario, pero con la última decisión de su médico de cabecera.
      El problema ya sabemos cuál es: eso supone una sobrecarga de trabajo alucinante que en estas condiciones no podemos asumir. Entonces, ¿porqué no cambiar las condiciones para que eso sea posible?


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