Incertidumbre


La irrupción de una enfermedad crónica episódica en la vida de una persona joven puede ser un mazazo horrible del que se tarda tiempo en recuperar. De repente reina la incertidumbre, que arrasa con todas las certezas del día a día que parecían inmutables.

No sé cuándo me volverá a suceder, ni cómo, ni si será igual o peor que la primera vez, o siquiera si volveré a ser el mismo. No quiero que lo sepan en el pueblo. Me resisto. No quiero que me traten diferente, ni quiero actuar yo diferente. Quiero que todo sea como si nada hubiera pasado. Ojalá pudiera parar el tiempo, o dejarlo pasar rápido, y que me dijeran que todo pasó, que como vino se fue, sin dejar rastro.

¿Y si me ven mis hijos enfermo? Y mis padres, con lo que llevan ellos pasado… ¿Y si me da conduciendo? ¿Cómo puedo evitar que me vuelva a pasar? ¿Qué he hecho mal? No debí haberle gritado el otro día a mi mujer, que hoy estoy aquí, pero mañana no se sabe.

Dentro de dos semanas voy al especialista. Me pidieron esta prueba, ¿usted qué cree que saldrá? ¿Me ingresarán? ¿Tiene operación? ¿Y no hay pastillas para ésto? ¿Tendré que dejar el trabajo? ¿Y qué voy a hacer ahora con mi tiempo libre, con “toda la vida por delante”?

Me da miedo dormirme. Mi mujer se pasa las horas despierta, en la cama, callada, observándome: ella cree que no me doy cuenta, pero yo sé que está pendiente de mi, que tiene miedo, aunque no me lo diga.

Pensamos mucho en la incertidumbre que tenemos que soportar los médicos. Pero la de los pacientes, déjate…

(Foto: uncertainty, por Banjo Brown)



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