Historias desde fuera de la cárcel (3): anécdotas varias


Tercera y última entrega de la serie “Historias desde fuera de la cárcel”.

Las emociones están a flor de piel en un lugar donde las personas están privadas de lo más elemental del humano que es la libertad. Por tanto, una estancia, aunque sea corta, en un lugar como la cárcel, que es un nido de anécdotas, da para muchas historias. Sólo citaré algunas de las más relevantes, para no aburrir a tan distinguidos lectores😉.

Imaginaos la escena. Un preso que había formado parte de ETA como colaborador, que estaba separado de los demás miembros de la banda por separarse de sus principios y que perseguía acercarse a Euskadi, se pone de huelga de hambre y -recordamos, Agosto en Córdoba- ¡de sed! Cuando un recluso se pone en huelga de hambre se abre un protocolo. Hay que evaluar al preso todos los días, y hacerle un seguimiento estrecho. ¿A quién le tocó la papeleta? Pues sí, ¡a mí! Ya conocía al preso porque colaboraba con nosotros en la enfermería, por lo que tenía cierta confianza con él. Intenté convencerlo para que dejara la huelga. Me dijo que ni lo intentara. “Si lo que temes es por ti, no te preocupes, ya les digo a los de la banda que no te hagan nada, que no te amenacen, que tu no tienes nada que ver”. “¡Joder, te lo agradezco, un detalle!”, pensé. Pero en vez de eso, lo que dije, un poco hipócritamente, lo reconozco, fue “no, Juan, lo que me preocupa eres tu. Una huelga de hambre la podrías soportar muchas semanas, cierto, pero una de sed…”. “Algunos “compañeros” lo han hecho y aguantaron una semana”. “Pero no en Córdoba, ¡a 40ºC!”.

Me fui a casa un tanto, por decirlo suave, acongojado. Para más inri, al cabo de un rato me llaman al móvil. Estaba de guardia localizada, y pensaba que era una emergencia. Pero no: los del periódico Córdoba querían saber detalles del preso en huelga. Me negué: una cosa es pringarse más o menos en el trabajo siendo sustituto, y otra complicarse en exceso la vida con algo que nadie nunca te va a agradecer. “Tenemos derecho a informar”, me espetaron. “Y yo a no atender la prensa”, les contesté. Al día siguiente, el preso me comunicó que dejaba la huelga. Ni os imagináis lo contento y lo tranquilo que me quedé… A los pocos días los de instituciones penitenciarias le adelantaron que estudiarían su petición.

El resto de la semana de guardia pasó sin más sobresaltos, pero sólo de casualidad. Una mañana, a las 8 de la mañana, justo cuando comenzaba el trabajo presencial en la prisión, apareció un interno en parada respiratoria. El día de antes habían desaparecido algunas dosis de metadona. Afortunadamente, el preso fue cogido a tiempo, y por suerte no me tocó a mi atenderlo (no sé si lo hubiera hecho bien). Pronto supimos que se sospechaba de un colaborador del módulo de enfermería, el que se encargaba precisamente de repartir la metadona. Un día triste, sin duda. “En el talego no te puedes fiar ni de tu sombra”, me decían.

Pocas veces en mi vida he sufrido tantas amenazas juntas. Tres de ellas fueron de muerte. La que recuerdo con más nitidez fue proferida por un preso alto, con cicatrices en la cara, un armario de tío. A medio palmo de mi cara me prometió que nunca olvidaría mi cara y que ya ajustaríamos las cuentas allá fuera… Mantuve la mirada por pura dignidad, pero os juro que por poco no me orino patas abajo. Aunque nunca preguntaba a nadie porqué motivo estaban en el trullo, un funcionario se aprestó a enumerarme las causas de ese recluso. “No quiero saberlo, de veras, no me interesa”, pero ya era tarde. Tres asesinatos, un sin fin de agresiones y varios robos eran un buen curriculum delictivo, a decir verdad. ¿El motivo de la amenaza? No prescribirle unos tranquilizantes con los que, al parecer traficaba.

El caso que os comentaba antes de la sobredosis de metadona no era, al parecer, tan inusual. A veces la intoxicación o el daño no eran accidentales, sino con fines autolíticos. Tragarse unos cristales o cortarse las venas de la muñeca eran sólo excusas para salir de la cárcel a pasar unos días en el hospital: una especie de ilusión de libertad o una huída hacia adelante, nunca supe ni entendí del todo el porqué.

Tampoco es una leyenda urbana que se trafique dentro de una prisión. No sólo con metadona y ansiolíticos, sino con droga. La antigua cárcel de Córdoba estaba en medio de un barrio periférico de la ciudad, y lo único que separaba a los patios de la calle era un muro. Por tanto, no era infrecuente ver caer un paquete cargado de drogas. Inmediatamente se formaba entre los presos un caos con apariencia de improvisación pero que no engañaba a nadie: cada interno tenía un papel en toda esa comedia representada con la intención de hacer ver que nada había pasado. Aunque los funcionarios intentaran poner orden y averiguar lo sucedido nadie iba a cantar.

En una de esas debió haber un intento de robo de la mercancía por parte de uno de los internos, porque en seguida se formó una montonera en el que comenzaron a salir navajas y más de un pincho (el más largo si no tenía 40 cms de longitud no tenía ninguno). Hubo heridos leves que manaron poca sangre, por fortuna; otras veces no se andan con tantos miramientos ni desatinos. Con el poder y el dinero no se juega. Y menos en un lugar donde unos pocos señores de la guerra controlan y manipulan a su antojo todo lo que les rodea con tal de mantener un sórdido estatus de privilegiado en medio de tanta miseria humana.

(Nota: Agradezco a la Dra. Martín el haberme despertado las ganas de contar esta experiencia)

oto: Restos aún en pie de la fachada de la antigua prisión provincial de Córdoba, por dosymedio2009]


5 comentarios on “Historias desde fuera de la cárcel (3): anécdotas varias”

  1. Rocío dice:

    Así es, ni más ni menos, es duro el trabajo en un talego, diculparme mi forma de hablar es peculiar.
    En ese aspecto todo sigue igual, no ha cambiado nada, pinchos, intoxicaciones…., todo igual, a pesar de haber pasado unos años y ser una mujer a menos de un metro del caco, he recibido amenazas de muerte por primeros grados.
    Algún día escribiré un libro con mis experiencias.
    Gracias al Dr. Gavilán ha hecho que muchos compañeros sepan lo que es el día a día en un trabajo que nunca pensé desarrollar en mis días de estudiante.
    Gracias de nuevo porque tengo compañeros que nos menosprecian, para ellos somos médicos de 2ª clase( nada más lejos de la realidad pues ve todas las patologías que he vivido en la 7ª planta del hospital Virgen Macarena de Sevilla( planta de Medicina Interna).
    Un beso.

    • Enrique Gavilán dice:

      Rocío,
      Muchas gentes, sobre todo procedentes del ámbito académico y hospitalario, suelen comportarse de la manera que tu describes. Habría que preguntarse (y preguntarle a esos profesionales) cómo actuarían y qué pensarían si no tuvieran a dichas instituciones detrás.
      Rafa Cofiño recomienda a los gestores y políticos sanitarios hacer rotaciones por AP, para que conozcan de primera mano lo que pasa todos por días por un centro de salud español. Si el experimento, de llevarse a cabo alguna vez, funcionara, habría que aplicarlo también para los especialistas y académicos. Y porqué no, también para la sanidad penitenciaria.
      Un beso y ánimo

  2. Juana dice:

    Uno de los médicos de mi hospital se ha pasado años con protección oficial porque era el que se ocupaba de los terroristas cuando hacian huelga de hambre …. una situación muy difícil.
    Gracias por contarnos todo esto.

  3. Recientemente en Chile fallecieron 81 presos quemados en una cárcel, hace años que se viene denunciando el hacinamiento por organizaciones de derechos humanos en nuestro país pero se ha hecho poco, casi nada. Nuestro presidente que festinó a nivel mundial con el rescate de los 33 mineros, silenció al máximo esta noticia.

    Dostoievsky (que estuvo preso) dijo que “El grado de civilización de una sociedad se mide por el trato a sus presos”, nosotros estamos lejos de serlo.

    Saludos desde Chile!

    • Enrique Gavilán dice:

      Jorge,
      Sí creo haber escuchado a vuestro presidente hablar de la situación penitenciaria de Chile en términos de “verguenza nacional”. Lo que no quita que haya hecho intentos por silenciarlo, como insinuas, que puede ser, no lo niego.
      Desde luego estoy de acuerdo con Dostoievsky, si dicha frase se le puede atribuir a él. Lo haría extensivo a otros colectivos, como los excluídos sociales, los inmigrantes sin papeles, y sus opuestos, los privilegiados sociales (no los controladores aéreos, sino los verdaderos privilegiados, que evaden impuestos, tienen cuentas en paraísos fiscales y despotrican de los servicios públicos de forma “muy solidaria”).
      Saludos y gracias por el comentario!


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