Historias desde fuera de la cárcel (2): las condiciones de trabajo


Segunda entrega de la serie “Historias desde fuera de la cárcel”.

Aunque tuve la suerte de que un amigo empezó el mes anterior la sustitución en la prisión provincial de Córdoba y que por ello ya iba sobre aviso, hubo ciertas cosas para las que no estaba prevenido. Como por ejemplo que no era preciso que llevara mi fonendo. “No hay médico sin fonendo” (médico asistencial, se entiende, los radiólogos y los documentalistas y los traumas, entre otros, están o parecen exentos de este principio básico), pensaba. Pero no, no era necesario llevarlo. Y no porque allí hubiera alguno que pudiera utilizar de prestado, sino porque “en este sitio esas cosas no se utilizan”. Tampoco había depresores ni linternas u otoscopios para ver gargantas y oídos. Pregunté por ellas y me contestaron que unos años antes había habido una linterna al fondo de la vitrina de la consulta del módulo de enfermería: allí estaba, cierto, pero oxidada y sin baterías. A decir verdad nada de todo eso me iba a servir para mucho. Luego vería el porqué.

Al poco rato me acompañaron a donde había que pasar consulta en el módulo 4. Un cajón revestido de ladrillo y de polvo de menos de 5 metros cuadrados, con una única silla y una mesa en la que apoyar el listado donde apuntar la actividad del día -nombre y motivo de consulta-. Ni camilla de exploración, ni luz de apoyo, ni silla para el paciente. En la pared desnuda un timbre con el que avisar a los funcionarios en caso de problema. Tu única conexión con el “mundo de la calle”. Un timbre que estuve tentado en más de una ocasión de hacer sonar, por si de verdad funcionaba (nunca se sabe….). De no ser porque lo lógico es que en un contexto de alta tensión permanente una falsa alarma intencionalmente provocada no sería nada bienvenida.

Una vez conocido el terreno, nos salimos del módulo. Sonó el timbre, y los presos comenzaron a salir de sus celdas y a distribuirse por el patio. En uno de los soportales del mismo se comenzó a formar una larga cola. La del médico. Esperaba la señal del funcionario mientras era testigo del paisaje cambiante. Ya. Abrieron la verja a través de la cual accedí al pasillo para dirigirme a “la consulta”. Sentí un escalofrío al escuchar como ésta se cerraba justo después de traspasarla y ver que a mi sombra no la acompañaba ninguna otra. Comencé suspirando. ¿Qué te pasa? Me duele la garganta. ¿Fiebre? No. Pues nada, luego pasas por la farmacia y que te den ésto. Y así hasta 20-30 por módulo.

Lo peor era cuando te pedían algo para dormir. Estaba advertido: algunos traficaban con ansiolíticos (y con metadona, y con coca y con caballo). Era mejor mandar placebón forte para dormir (uno de esos complejos vitamínicos de la farmacia de defensa, los mismos que, dicen los que la hicieron la mili, andaban por los botiquines de los cuarteles). Había que valorar muy bien a quién suministrar hipnóticos o benzodiacepinas. Y no era para menos: los intentos de autolisis no eran infrecuentes. Aún así, nunca antes (y pocas veces después) había mandado tantos fármacos psicoactivos. Ni tantos medicamentos para abrir el apetito -ni siquiera en pediatría-. “Con lo que te dan en este sitio para comer y el panorama cotidiano, normal que no tengan apetito” pensaba. Un reducido catálogo de medicamentos, mucho ojo e intuición eran casi las únicas armas del día a día. Y si la intuición está directamente relacionado con la experiencia clínica imaginaos…

La mañana solía acabar repasando las tareas pendientes en el módulo de enfermería. Allí solían estar algunos pacientes de salud más delicada, encamados en pequeñas habitaciones similares a las de un hospital de beneficiencia. Había una sala de parada, cuyo inventario de material no quiero recordar. Y una consulta, ahora sí, con camilla, dos sillas y una mesa, con un fonendo de pared sin gomas ni manguito. Algunos reclusos que estaban en tercer grado o con buen comportamiento, tuvieran o no relación profesional alguna con el ramo sanitario, colaboraban con el personal sanitario en sus tareas habituales, sobre todo en el reparto de fármacos. El de metadona era el momento más crítico del día; no era inusual que se formaran reyertas o hubiera maniobras extrañas.

Las celdas de los internos eran auténticas perreras. En apenas 8-10 metros cuadrados 4-5 tíos casi en bolas en sus respectivas literas, hacinados, con el sol de agosto entrando a raudales por la ventana y un hedoroso calor humano. Buena parte de la mañana y de la tarde la pasaban, por fortuna, fuera de las celdas, en el patio. Los partidos improvisados de fútbol brillaban por su escaso fair play; eran pocos los momentos en los que desfogar la mala follá. Algunos pasaban las horas en los talleres, donde aprendían algún oficio, mirando casi más afuera y al futuro que adentro y al presente.

Pero no todos los reclusos estaban en las mismas circunstancias: los del módulo 1, los presos privilegiados (empresarios insolventes, políticos corruptos, constructores imprudentes) eran menos y por tanto estaban más holgados, no estaban casi mezclados con el resto y además solían estar a cargo de alguna responsabilidad, como la de llevar el economato. No dejaba de ser un tanto curioso que una persona condenada por malversación de caudales públicos estuviera a cargo de la gestión del economato…

Tampoco recibían el mismo trato los presos de ETA. Salían al patio antes que el resto y se iban antes que los demás. Comían aparte. Eran únicamente tres, pero tenían su propio taller para ellos sólos, con las paredes llenos de ikurriñas, fotos de presos etarras “muertos en combate” y tenebrosas banderas de la banda. Tanto los presos del módulo 1 como los etarras andaban con un aire de suficiencia y de superioridad moral sobre todos los demás. Tenían la certeza de que no eran “presos comunes”. Ni en el trato de todo y todos los que les rodeaban había la misma consideración de todos los presos por igual…

Muchas veces me he preguntado a mí mismo si estas personas merecían vivir en estas condiciones. Yo lo podría haber hecho mucho mejor, lo reconozco, y puede que el resto del año la atención sanitaria fuese infinitamente mejor de la que yo pude prestar esas cuatro semanas, no lo dudo. También es de esperar que todo cambiara cuando la prisión cerró y se mudaron al nuevo “centro penitenciario” (bonito eufemismo) de Córdoba. Pero a veces cuando se me vienen a la cabeza las condiciones de trabajo y de habitabilidad de la antigua prisión provincial de Córdoba la imagen se parece más a las de las películas de cine negro de gansters de los años cincuenta que a las propias de una sanidad avanzada de un país desarrollado.

(continuará)

[Foto: Las orejas al lobo, de K-naia]


3 comentarios on “Historias desde fuera de la cárcel (2): las condiciones de trabajo”

  1. Rocío dice:

    Menos mal que ya no es así, es mas yo llevo mi fonendo al cuello, mi linternas en bolsillo ( alguna vez he pensado me van a coger con fonendo…. ), en cada modulo, hay otoscopio, esfingomanómetro, camilla.
    Si se manda a interconsulta a especialistas, he detectado cancer a tiempo y ahora estan fenomenal( ejemplo de ello esera un asesino que mato a su pobre mujer con 22 puñaladas).
    Sigue igual en ir sola a consulta con espacio tan pequeño entre internos y el médico, bueno ya contaré algun día mis historias, algunas de peliculas…
    Estas son tus vivencias, me encantaria charlar algún día contigo.

    • Enrique Gavilán dice:

      Ya digo, Rocío. La cosa habrá cambiado, no echo la culpa a nadie de cómo fueron las cosas y asumo que yo no hice todo lo que debía, incluso teniendo en cuenta que sólo era un sustituto de un mes.
      Pero hablo de lo que ví, de lo que hice, de lo que había. No me invento ni una coma. Y aunque no veo fantasmas cuando recuerdo el pasado sí que me averguenza cómo era la vida de los internos, por indigno e inhumano. Ojalá haya cambiado.

  2. […] Tercera y última entrega de la serie “Historias desde fuera de la cárcel”. […]


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