Apología de la crítica destructiva


Ante una circunstancia o hecho con el que uno no está de acuerdo se puede actuar de varias maneras.

La más habitual, quizá, es el silencio, “dejarlo pasar” como si nada. Es la más cómoda, pero es que no se puede estar reactivamente saltando a todo lo que se menea, que cansa mucho…

La más políticamente correcta es, sin duda, la crítica constructiva. Una actitud proactiva, que dirían algunos. Aportar, construir, colaborar. Muy útil, desde luego, para llevarse bien con todo el mundo, ya que todos ganan con ella.

El problema es cuando no hay nada que construir. O cuando lo que se está construyendo no sirve para mucho, no cumple con la función para la que fue teóricamente creado o supone simplemente “más de lo mismo”. A lo mejor es mejor a veces no construir…

Y lo peor de esta modalidad de crítica es cuando en realidad lo que esconde es una suerte de inmovilismo, una especie de cobardía o miedo a desentonar, una inoperancia o incapacidad para promover cambios reales. Cuando lo que verdaderamente pretende es “no molestar” o no crear discrepancias o, llanamente, “mantener el consenso”.

La última de las formas de crítica es la proscrita. La antitética crítica destructiva. No me refiero al insulto, a la crítica personal, al escupitajo en el ojo, a la soez falta de argumentos. Me refiero a la manifestación abierta de la discrepancia con el ánimo de molestar al que no hace lo que debe hacer, de incomodar al que está tranquilamente sentado en el despacho o en el sofá cuando debería estar más bien dando el callo en la calle, de romper barreras o desmontar mitos, de ponerlo todo “patas arriba” si hace falta. La que nace con vocación de cambiar y de movilizar. Se puede hacer con elegancia o gritando, con una sonrisa en la cara o con una mueva de sarcasmo, abiertamente o con indirectas, en público o en privado. Pero la crítica destructiva, cuando no hay nada que construir o lo que hay no vale la pena ser construido, señores, ¡es necesaria!

A los que la practican, muy pocos en nuestro país, dicho sea de paso (hay que ser muy muy bueno para hacer una buena crítica que cumpla con estos principios), se les debería proteger, las plazas debían tener monumentos dedicados a sus memorias y hazañas, porque hacen más bien que mal. Pero me temo que el efecto que producen en la mayoría de nosotros es más bien lo contrario: matar al mensajero es la norma. Callar al que critica es lo habitual. Y si es posible, culpabilizándolo, criminalizándolo o simplemente haciéndole el vacío.

(Foto: Haciendo fotos a oscuras durante el festival Crítica Urbana en la Tabacalera de Lavapiés, por Brocco Lee)


4 comentarios on “Apología de la crítica destructiva”

  1. […] This post was mentioned on Twitter by Dr. Luis Ramos Neira, Enrique Gavilán. Enrique Gavilán said: Apología de la crítica destructiva: http://wp.me/pD3FL-12U […]

  2. Manuel Rodríguez Vázquez dice:

    Me ha gustado mucho tu reflexión.

  3. Fina reflexión Enrique.

    Cuestionarnos las cosas es fundamental, no podemos dejar de hacerlo. Coincido con lo fundamental de tu reflexión. Discrepo en la sensación de crítica o queja que noto a mi alrededor: enorme. Mucha gente parece estar en esa onda. Los efectos son deletéreos, no veo más que compañeros quemados y agobiados.

    Me parece bien que haya compañeros que se dediquen constantemente a criticar. A mí no me da tiempo. Y como decía Picasso cuando le preguntaban sobre la inspiración “no sé si existe, pero que me encuentre trabajando”.

    Un fuerte abrazo y adelante con tu consulta y tus reflexiones!

    • Enrique Gavilán dice:

      La crítica no debe confundirse con la queja, Salvador. El que se queja todo el rato generalmente esconde una falta de interés por moverse lo más mínimo. Criticar es sano, incluso cuando se hace con el interés de molestar. La discrepancia es sana. Son los motores del cambio (repasa el concepto y características de la entrevista motivacional: el cambio nace de la discrepancia y de la distancia entre lo que somos y donde estamos y lo que nos gustaría ser o donde quisiéramos estar).
      Un abrazo


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