¿En qué momento perdemos el idealismo?


A quien más y a quien menos, a todos los que un buen día comenzamos la carrera de medicina nos ha pasado. La idea preconcebida y socialmente aceptada de que la medicina es para servir a las personas se va volviendo invisible como el agua del Guadiana, soterrada, quedando para muchos en el olvido y sin vuelta atrás.

En un maravilloso artículo de la belga Katrien Bombeke y colaboradores (gracias, Tiago, por facilitármelo), se analiza el fenómeno desde una aproximación cualitativa. La secuencia parece clara y se repite casi de forma idéntica en cada nuevo estudiante. La primera ruptura entre el mundo de las ideas y la cruda realidad sucede en la universidad, donde parece que lo único importante son las notas y donde se prima la mera adquisición de conceptos. Luego comienzan las prácticas en el hospital, donde el paradigma imperante es el positivismo operacional, centrado en lo tecnológico, los datos empíricos y en las competencias clínicas y técnicas, olvidando el componente humano de todo acto asistencial. Se invierten los papeles: las personas son tratadas como cosas y a las cosas les damos atributos humanos. También es cuando se toma contacto por primera vez con los pacientes, por lo que, al menos al principio, paradójicamente parece haber un rebrote de buenas intenciones.

Pero suele durar poco: los pacientes padecen problemas de salud que no cuadran con el modelo tipo del paciente descrito en los libros, pero no por ello dejan de sufrir. Y el contacto con el sufrimiento ajeno nos produce rechazo. En seguida recuerdas lo aprendido en la asignatura de psicología clínica: hay que marcar una “distancia terapéutica” para no implicarse emocionalmente con el paciente más de lo debido (por nuestro propio bien). Aparecen entonces monólogos interiores del tipo es duro, sí, pero no puedo dejar que me afecte: soy médico. Es una mera forma de proteger la propia identidad como médico, un producto del instinto de supervivencia profesional. Aunque también hay otra lectura: la medicina, al contrario de lo que pensabas, no puede dar respuesta a tantos y tantos problemas… Es duro admitir “no, señora, no puedo hacer nada por usted”. No nos preparan para asumirlo y ver caer al ídolo nos produce dolor. Y también nos vuelve cínicos: ese no es mi problema.

Algunos reaccionan con cierto disgusto al verse alejados de los ideales que les llevó a la facultad de medicina. Sin darme cuenta, he comenzado a comportarme con los pacientes como al principio yo mismo había pensado que nunca podía tratarles. Sin embargo, pronto el entorno sanitario se encarga de “poner las cosas en su sitio”. La fuerza de la costumbre, la sensación de desbordamiento contínuo, de haber perdido el control de las cosas, de estar inmerso en un sistema educativo que (también a ti) te ignora, de que la corriente en contra es muy fuerte, las prisas, la presión, el conformismo, etc., terminan por minar los esfuerzos de “no desviarse de la línea”. La deriva es, pues, en ese instante, imparable. Dejamos de servir a los personas para ponernos a los pies de la medicina misma, y nos olvidamos que la percha de nuestra blanca bata es también una persona.

La conclusión del artículo de Bombeke es clara: cuanto más prematuramente actuemos en la formación del médico (ya desde los primeros años de la carrera) mejor. Y yo añado: cuanto antes mejor.

(Foto de Toni Ahumada)


4 comentarios on “¿En qué momento perdemos el idealismo?”

  1. Laura dice:

    Y una vez perdido el idealismo… ¿en qué momento podremos reencontrarnos con los que fuimos cuando al elegir carrera orgullosos escribíamos Medicina? ¿o cuando emocionados en el Ministerio de Sanidad dijimos en voz alta que nuestra elección de especialidad era Medicina Familiar y Comunitaria, así con todas las letras? La esperanza es lo último que se pierde, dicen, a pesar de todo.

    • Enrique Gavilán dice:

      ¿Tu la has perdido, Laura?
      Yo no lo sé. La esperanza y el idealismo puede que se conviertan con el tiempo en compromiso, que es casi lo mismo pero con más edad.
      No desesperes.
      Besos

  2. Ayer en #tedxsol dieron una preciosa definición de felicidad. “Estar rodeado de gente con los ojos brillantes”.
    Tener cerca gente ilusionada es potenciador, como es descorazonador el discurso de queja/negritud de tanto profesional sanitario.

    Todos/as podemos elegir. Y quien se sienta mal que pida ayuda o busque soluciones creativas o se pida un tiempo sabático. Los compañeros debemos ayudarnos unos a otros y tirar del carro por tiempos.

    Somos frágiles.
    Pero en esa fragilidad se encierran grandes tesoros.


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