La innovación de los medicamentos antihipertensivos: ¿Fantasía o realidad?


Las novedades terapéuticas son más caras que los fármacos que ya estaban disponibles en el mercado. No descubrimos nada nuevo (valga la redundancia). Tampoco se le escapa a nadie que gran parte del incremento en la factura de farmacia de los últimos 10 años es atribuible a la introducción de dichos medicamentos. Nos alucina todo lo “innovador”, aporte o no beneficios clínicos suficientes.

Sin embargo, la industria farmacéutica “innovadora” justifica su sobrecoste por el hecho de que algunos nuevos medicamentos, aunque no aporten un balance beneficios-riesgos rompedores, sí que suponen avances en otros aspectos, como son el beneficio residual en subgrupos de pacientes, comodidad en la toma (simplicidad o vía de administración más confortable), mejor calidad de vida, mayor satisfacción o un valor socio-económico añadido (como por ejemplo, un aumento de la productividad laboral o una disminución en los costes derivados de hospitalizaciones evitables). Su tesis es que si bien el coste no ajustado de las novedades terapéuticas pueda ser mayor que el resto de los medicamentos, si se consideran estos aspectos relacionados con la calidad de un fármaco, lo que pagamos por ellos puede ser incluso un precio inferior a los ahorros que induce en otras partidas.

Esta hipótesis se basa fundamentalmente en un estudio publicado hace 9 años por Frank R. Lichtenberg. Este investigador quiso comprobar si los fármacos innovadores, aún siendo más caros, introducían ventajas adicionales a los fármacos más antiguos como para hacerlas merecedoras de destronarlas del reinado del mercado. Sus conclusiones parecían demoledoras:

The results of this analysis provide strong support for the hypothesis that the replacement of older by newer drugs results in reductions in mortality, morbidity, and total medical spending.

Pongamos números. Según este mismo autor, utilizar medicamentos modernos en lugar de antiguos supone un ahorro neto de 111 € por enfermedad tratada, sobre todo gracias a que reduce las hospitalizaciones y las consultas médicas. Los argumentos parecen tan claros que han sido esgrimidos por la industria farmacéutica siempre que ha podido para autootorgarse un papel relevante como actores promotores de salud y sostenibilidad económica.

Nadie hasta ahora se había atrevido a rebatir los dogmas de Lichtenberg. Hasta ahora.

Michael R. Law y Karen A. Grépin, de las universidades de British Columbia y Nueva York, respectivamente, se han ido a los datos observacionales que Lichtenberg manejó y los han recalculado y reinterpretado para un caso concreto, como son las novedades terapéuticas en al tratamiento de la hipertensión arterial. Sus análisis evidencian las múltiples inconsistencias y los diversos errores metodológicos de los modelos y cálculos que Lichtenberg manejó. El resultado de todo ello es que el medicamento que es caro sigue saliéndonos caro aún restándole lo que potencialmente puede ahorrarnos por otro lado. Dicho de otra forma: la innovación farmacéutica es un cuento.

¿Por dónde contraatacarán para justificar lo injustificable?

[Agradezco a J. Gérvas la información sobre el artículo de Law y cols.]



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