Cuando dejar a un residente solo no es una opción


El relato de cómo vive un médico residente su primer encuentro clínico con un paciente en una rotación o en urgencias da muchos datos. Sobre cómo es la persona, sobre cómo gestionamos y ordenamos la docencia y la asistencia sanitaria, sobre qué concepción tenemos de los pacientes, sobre qué entendemos que debe ser esto de la formación sanitaria…

Hace unos años descubrí esta publicación: Sentimientos del primer encuentro clínico. Se trata de un estudio cualitativo (análisis de contenido) realizado en estudiantes de medicina ante los primeros pacientes que atendían en su periodo de prácticas clínicas. En él, se analizan las emociones que despiertan esos primeros encuentros clínicos: ansiedad, ambivalencia y confusión (“¿Soy estudiante o soy un médico? ¿Estoy obligado a verlo solo o debo verlo supervisado?”), sensación de insuficiencia (“No soy capaz”), el miedo a la autoridad (la “autoridad” del adjunto, a veces la del tutor, a veces la del celador…), el miedo a fallar, de no ser útil (para el paciente)… No todos son sentimientos negativos, cierto, pero destacan sobre todo los relacionados con el choque que supone encontrarse y verse solo ante una situación para ellos desconocida.

Son, de sobra, emociones conocidas por todos los que han pasado por el mismo trance. Lo cual no quita que la actitud ante ese momento sea totalmente diferente según la persona que se trate y el puesto que ocupe en ese momento. La nuestra, como tutores, como responsables docentes, es acompañar al residente (o estudiante) en su periplo formativo, ayudarles a ser “buenos médicos”, a que saquen lo mejor que llevan dentro de sí. Pero no todos entienden esta misión de la misma manera. Mientras para unos lo mejor es “coger el toro por los cuernos” y enfrentarse a la situación como si se tratara de un fóbico ante el objeto que le induce el pánico, para otros lo lógico es sobreproteger al residente como si fuese un indefenso adolescente en apuros. Las causas y consecuencias de una y otra sistemática las conocemos (y sufrimos) todos, y no son ¡ni mucho menos! patrimonio exclusivo de la formación sanitaria especializada…

En esto de la educación médica no hay reglas categóricas que solucionen todos los problemas de forma sistemática y uniforme. Hay muchas fórmulas, muchos matices, y lo que para un caso funciona para otros no, y lo que es bueno para hacer mejorar a un residente puede ser perjudicial para otro. Pero eso no debe hacernos llevar al extremo del “todo vale”. Hay cosas, ¡lo siento!, que no valen.

Un ejemplo. En esta entrada de un blog docente, un tutor cuenta cómo vivió una residente de primer año su primer encuentro clínico en su primer día de rotación por salud mental. La sensación de frustración, de culpa, de no saber responder ante el paciente, sin comerlo ni beberlo, llevó a la residente a recurrir a la desesperada al consejo del residente mayor, ante la pasividad y nulidad del servicio. Una vez desactivado el miedo, la residente pudo sacar lo mejor de sí mismo, que en este caso fue seguir una máxima muy útil cuando otros recursos fallan: tratar al paciente “como si fuera yo mismo”. En definitiva: empatía. La misma consideración hacia el otro que los docentes no tuvieron para con la residente.

En este caso que os cuento la residente pudo sobrevivir sola. Los que defienden esta modalidad docente como lo que hay que hacer (porque “para eso todos nos hemos formados de esa manera”) pueden argumentar que este método funciona. Lo cierto es que la mayoría de los residentes (adultos, y por lo tanto adaptativos) tienen recursos propios que sacan a relucir cuando se ven en un apuro. Pero el coste emocional es alto. La residente del relato, aún semanas después de ocurrido el suceso, seguía reproduciendo el mismo miedo que sufrió en su momento. ¿Compensa? ¿Hay mejores formas de conseguir el mismo objetivo?

La versión moderna del “coger al toro por los cuernos” como forma de aprender a manejar situaciones extremas debe ser erradicada de nuestra formación sanitaria especializada, sobre todo para los recién llegados. Es antigénica. No genera más que rechazo y frustración. No es una opción. Ni es buena para el residente ni para el paciente ni para el sistema. Hay alternativas. Usémoslas. Y sobre todo, cumplamos nuestro rol de docentes, que no es otro que acompañar, y no ignorar, suplir, abandonar o adoctrinar. Y los residentes, por favor, no os resignéis. No seáis víctimas del síndrome de Estocolmo

(NOTA: el uso de la expresión “síndrome de Estocolmo” aplicado a la formación sanitaria para otro tipo de contextos docentes (las guardias), se lo debo al maestro Gérvas).


4 comentarios on “Cuando dejar a un residente solo no es una opción”

  1. Ter0n dice:

    En mi caso fui relativamente afortunado. Mi primera guardia fue “de trauma”, y mi primer paciente solo un esguince de tobillo. La segunda fue de mi especialidad en un centro de salud, y ya para la tercera pedí quedarme solo prácticamente desde el principio. Cada 5 minutos preguntando al adjunto en la consulta de al lado, eso sí, y haciendo lo que podía con los casos.

    No me puedo quejar de la forma de hacer las cosas en mi hospital. Prácticamente nos fuimos habituando de forma sosegada.

  2. gerineldo dice:

    Yo tuve una residencia ‘jodida’ porque en mi promoción hubo abandonos y bajas maternales, así que, hice más guardias de residente que en la mili… Difícil la época de residente. Creo que había un proyecto para prevenir la ansiedad de los resis en su formación avalada por el Mº de Sanidad. Recuerdo además que 1 compi, gran persona, estuvo todo 1 año de baja por ansiedad y acabó la residencia un año después. Hoy le veo de vez en cuando, y además de ser un tío estupendo, cosas de la vida, trabaja en el 112 y es muy feliz. Siempre lo comentamos: médicos y pacientes debemos aprender a convivir y aceptar la incertidumbre del diagnóstico y los tratamientos. La incertidumbre que rodea la profesión médica: mezcla de arte y ciencia.

  3. Drbonis dice:

    Mi primer paciente como R1 fue un chaval de 28 años con parálisis cerebral y “agitación”. Como te imaginarás un caso complicado para explorar y hacer la anamnesis. Estaba completamente perdido por supuesto.

    El adjunto me sugirió que le hiciera analíticas y placas varias (un completo)… en la placa de abdomen se veía que el paciente tenía una obstrucción intestinal con un estómago del tamaño de una bota de vino (cosa que yo no ví, por supuesto, sino que detectó un R mayor al que enseñé la placa).

    Me acuerdo perfectamente del paciente y de la radiografía.

    La clínica se aprende a base de palos y errores, pero mejor si esos palos los pasas con un médico experimentado al lado (mejor para tí y mejor para los pacientes).

  4. Sophie dice:

    Mi primer paciente en planta iba escoltado por dos guardias civiles.
    Mi primera guardia de Urgencias me mandaron a la consulta de UP, todos los P1 para allá, mi residente mayor decidió que era buena idea dejarme sola “porque se aprende a base de palos y los residentes de ahora estáis muy mimaditos con eso de no firmar altas ni pasar consulta solos”.

    Una cosa es espabilar y otra que te tiren a la arena del circo sin un miserable escudo o una espada para defenderse. Menos mal que luego me encontré ángeles de la guarda con bata, con buena memoria para recordar cómo se sentían cuando eran R1.


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